lunes 28 de julio de 2008

Entrevista a ALFREDO GUEVARA

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En el programa televisivo PRIVADAMENTE PÚBLICO
trasmitido por el Canal Educativo 2


el martes 22 de julio de 2008 a las 8:30 p.m.


Entrevista a ALFREDO GUEVARA
en el programa televisivo PRIVADAMENTE PÚBLICO
trasmitido por el Canal Educativo 2
el martes 22 de julio de 2008 a las 8:30 p.m.

Presentador (Raúl Garcés): Muy buenas noches. Si habitualmente este programa le dice que pretende pensar la cultura, la política y la sociedad contemporánea en el tiempo de televisión que tenemos para compartir juntos, yo le diría que hoy vamos a intentar cumplir ese propósito con un invitado especial, un testigo excepcional de la Revolución cubana, y digo que testigo no desde una mirada de contemplación, sino desde una mirada de obra, de acción, de vida entregada a lo que ha sucedido en los últimos cincuenta años en Cuba.
Yo les propongo, como siempre, empezar con algunas imágenes relacionadas con mi invitado, le propongo, además, que mantenga la sintonía, y que vuelva con nosotros enseguida para iniciar este diálogo.
Amigos míos, los veintisiete minutos de esta noche son para Alfredo Guevara. Yo le agradezco mucho que esté con nosotros esta noche, y quería empezar, Alfredo, en noviembre de 2005, Fidel, creo que no por gusto en la Universidad de La Habana, no por gusto en el Aula Magna, no por gusto frente a jóvenes universitarios, lanzó la hipótesis y nos convocó a pensar en la posibilidad de que bajo determinadas circunstancias la Revolución cubana fuera reversible. ¿Qué consecuencias usted cree que ha tenido ese debate entre nosotros?
Alfredo Guevara: no la que tenía que tener.
P: ¿Por qué?
AG: Lo cierto es que no solo estaban los jóvenes, tuvo allí a los que quedamos de la vieja generación, que es vieja, pero que con él se demuestra que es joven, a pesar de la enfermedad. Digo que no tuvo la respuesta que debió de haber tenido en aquel instante, porque creo que siendo Fidel alguien que tiene una capacidad didáctica ilímite, además, fue un momento muy dramático, muy especial, muy revelador de esa visión larga que él tiene, que no se queda nunca en un mismo lugar, yo creo que no entendimos que él estaba hablando también de la corrupción del alma, es decir, de un relativo, pero importante, perceptible, proceso de rutinización del pensamiento revolucionario.
Yo creo que él advirtió de la eventual reversibilidad de una revolución, y en este caso de la nuestra, pero advirtió también que lo más importante era que sus protagonistas no protagonizaran ese proceso. Él llamó contra la rutinización, ya lo había dicho antes y de mil maneras, y en una frase, no en ese discurso, pero estaba implícita, estaba subyacente, había dicho: “lo revolucionario es cambiar cuando hay que cambiar”. Por supuesto que en labios de Fidel jamás el cambio es hacia el capitalismo, ni el cambio es esa boberías que escucho demasiadas veces, de la transición, es hacer en cada momento lo que hay que hacer.
P: ¿Usted cree que el socialismo cubano sabe aprender de sus errores?
AG: Hay un error que no es el socialismo cubano, sino que es de los revolucionarios, en general y en el curso de la historia, que es dejarse ganar a veces por teorías y más teorías, aun si estuviera hablando de Carlos Marx. Yo estoy conociendo en este momento, porque es mi vocación, a jóvenes revolucionarios muy lúcidos, en nuestro país, están pensando en teorías, en qué dijo éste, en qué dijo el otro, en que si Marx habló de la transición, etcétera. Yo, tal vez por la edad que tengo —no me siento antiguo, me siento realmente más avanzado que esas posiciones— y creo que la realidad es que hay que producir alimentos. La realidad más importante de lo que está pasando es una revolución agraria sin ese nombre. Da lo mismo los nombres, yo me acuerdo que Raúl dijo —en un momento dado cuando Fidel empezó a hablar de socialismo abiertamente— dijo: no importa Juana ni su hermana, lo que interesa es lo concreto que estamos haciendo.
Si otras generaciones, otros cuadros —esa palabra horrible— se equivocaron o condujeron a equivocaciones, o todos nos equivocamos y hubo que rectificar, lo que sea, francamente, Garcés, no es el instante en que me interesa hablar de ello, y si tenemos pocos minutos y los estamos consumiendo, prefiero decir que el punto de partida del pensamiento revolucionario es y será siempre la realidad.
P: A mí me entusiasma, creo que de alguna manera está recurrente en su pensamiento, la necesidad de buscar obviamente soluciones concretas a los problemas que se están presentando, pero al mismo tiempo proyectar un diseño, yo creo que a más mediano y largo plazo, donde uno sepa adónde quiere llegar, y donde uno sienta la necesidad de no perder el rumbo. Usted ha sido muy crítico de la cultura de la improvisación, usted ha sido muy crítico de la ignorancia en sus discursos, en sus intervenciones, ¿con qué socialismo sueña Alfredo Guevara?
AG: Discursos, intervenciones y práctica… Ningún discurso, ninguna intervención, ninguna teoría vale un comino si no va acompañado de su conversión en práctica más lograda, menos lograda, de más alcance, de menos alcance. Yo creo que el pensamiento precede a la acción, y que la acción sin pensamiento es una locura, y el pensamiento sin acción es una bobada.
El diseño es la clave de todo. No puedes abordar nada sin prediseñarlo, pero diseñar es estudiar las opciones, es dejar caminos abiertos, es tener parámetros muy amplios, pero mucha lucidez en la corriente principal, lo que me ha mantenido en este estado de optimismo permanente a pesar de los fracasos, y de las dificultades, y de todo lo que se quiera anotar, ha sido, para mí, que nos hemos equivocado en muchas cosas, pero la corriente principal ha tenido siempre un valor ético de primer orden y una capacidad de previsión, y una capacidad, a veces, de reconstrucción.
Yo creo nos detenemos mucho, y con razón, en la gran hazaña revolucionaria de la guerrilla, del triunfo sobre un ejército poderoso, de haber sobrevivido a tantas presiones del imperio, pero tal vez la hazaña más importante de nuestra dirección, y de su lucidez, y de Fidel en particular, ha sido haber sido capaces de diseñar un nuevo programa a toda velocidad, aunque algunas cosas había empezado algo antes, para sostener la Revolución en el momento en que se derrumbó el ya falso entonces campo socialista. Yo creo que esa hazaña extraordinaria no ha sido todavía bien evaluada.
Yo creo que de todas maneras, aunque es en un pasado reciente e importante en nuestras vidas, la vida de todos nuestros pueblos, yo creo que éste no es el instante del pasado, ni aún del pasado reciente, y entonces, lo más importante es lo que está pasando, lo demás ya está incorporado, está incorporada a los más cultos, a los más conscientes, a la vanguardia, eso es la vanguardia. Yo quisiera que la vanguardia fuese mucho más amplia y que la instrucción masiva, no debemos olvidar jamás que tenemos un millón de universitarios y millones de gente preparada es decir instruida, pero no culta, y cuando eso se logre, será más fácil avanzar. Cuando eso se logre y podamos destruir la burocracia, porque tú en algún momento has dicho que siempre insisto en que la ignorancia no es revolucionaria y es enemiga de la Revolución, y mina la Revolución, pero ¡ay Dios mío, la burocracia…! Cuando alguien como Fidel dice hacer en cada momento lo que es necesario hacer, eso es ser revolucionario, la burocracia no se atreve a decir no, pero dice no en lo más profundo de sí misma.
P: Usted dijo en Revolución es lucidez —uno de los libros que compila algunos de los ensayos— “la juventud tiene por delante una gran tarea que salvo en algunos lugares no es la del sacrificio del fusil y la vida, sino de un heroísmo invisible, refundar el socialismo y salvar la izquierda.” ¿Qué claves debía llevar adelante la juventud cubana para alcanzar ese propósito, a su juicio?
AG: Me gustaría no darte respuesta sobre la juventud cubana. Ya veremos. Hay que reconquistar a fondo la esperanza que algunos han perdido, hay que pensar, el socialismo, y a veces ni el socialismo, la Revolución, que el ideal es que sea socialista, pero me basta con que sea revolución, es decir, con que rompa la rutina y vaya a transformar la realidad en la medida en que pueda. Refundar la izquierda está difícil, parecía imposible y sigue siendo difícil, pero parece posible.
P: Estamos conversando con Alfredo Guevara. Esto es Privadamente público, ya sabe que estamos en el verano con usted a las 8:30 de la noche. Yo le propongo que hagamos una pausa ahora, vamos a ver algunas entrevistas que hicimos a personas que han estado relacionadas con la vida de Alfredo, y enseguida regresamos para continuar este diálogo.
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Enrique Álvarez (cineasta): Yo creo que Alfredo es un hombre bien polémico, ¿no? además, que no le huye a la polémica, sino que la busca todo el tiempo. Es una persona que tiene criterios muy definidos y los defiende, y en este sentido las relaciones con él dependen de cuánto en sintonía tú puedes estar con sus ideas o no. No sé, yo creo que si le preguntas a diez cineastas cuál es su relación con Alfredo, todos te podrían contar una historia diferente.

Argel Calcines (editor): Yo creo que Alfredo es un ejemplo del revolucionario intelectual, del revolucionario artista, del intelectual que no cambia de casaca y te dice hoy algo inversamente proporcional a lo que decía hace cinco o diez años.

Enrique Álvarez: Alfredo es una persona que cuando te llama para conversar contigo, siempre te llama para algo preciso, algo que tiene en su cabeza, no le gustan las divagaciones, no le gusta que tú des vueltas, tú tienes que llegar y si él te hace una pregunta lo mejor es que se la contestes de manera rápida, sintética, no le gusta que uno floree mucho alrededor de nada. Y él mismo es así con uno en las relaciones de trabajo, él es muy directo, sabe lo que quiere, y yo creo que una manera de dialogar muy con él es demostrándole que uno sabe lo que quiere también.

Argel Calcines: Yo diría que Alfredo es el ejemplo del intelectual consecuente con sus ideales desde su juventud.

Jorge Luis Cortés (músico): Desde mi trinchera creo que he aportado un granito de arena a la gran montaña, sobre todo de la música popular cubana, y creo que Alfredo ha aportado muchísimo a la montaña del cine cubano y de todo lo que tiene que ver con las filmaciones, con las películas, el ICAIC en general. El ICAIC es un nombre: Alfredo Guevara.

Enrique Álvarez: En los últimos años él ha publicado libros editados por él mismo, en los que ha publicado una serie de cartas y de documentos que a veces tú dices, pero bueno, cómo Alfredo se atreve a publicar esta carta en la que prácticamente está funcionando como un censor, ¿no? la que tú puedes evaluar desde hoy: coño, esto es un acto de censura. Y él lo ha hecho con una honestidad tremenda porque, además, son documentos que cuando tú los ves a fondo están llenos de argumentaciones y de razones totalmente válidas desde su punto de vista.

Argel Calcines: Hay hombres a los que tú te acercas en circunstancias difíciles en determinados momentos, después mantienes conversaciones esporádicas, y en esos instantes tú logras saber, comprender cosas que tardarías años en comprender. Es como si te cerraran círculos en la mente, como si corroboraran tus dudas o certezas, yo creo que una de esas personas es Alfredo Guevara.

Enrique Álvarez: Yo creo que es una personalidad muy polémica, pero que nunca en su vida ha rehuido eso, siempre que ha sido frontal. Yo creo que es un intelectual que a pesar de su edad permanece totalmente vivo intelectualmente.

Argel Calcines: Yo creo, en síntesis, que sin la figura de Alfredo Guevara no puede escribirse, ni por asomo, la historia de las relaciones difíciles, pero harto fecundas, entre la intelectualidad artística y el poder revolucionario en Cuba y Latinoamérica.
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P: Me llama la atención que estábamos escuchando a Argel, estábamos escuchando a Enrique Álvarez, también a José Luis Cortés, que todos reconocen el trabajo que usted ha hecho y la relación que tienen con usted, pero son amigos que provienen, o personas que provienen de muy diversos registros, y de muy diversos espectros, ¿tiene amigos en todas partes, usted cultiva eso?

AG: No, no soy cultivante, simplemente soy natural, o por lo menos eso me creo, y persigo ante todo, como ley de vida, la autenticidad. Creo que este tipo de relaciones resultan de la autenticidad. A unos les inspira la autenticidad confianza y a otros horror, bueno, qué le voy a hacer.

P: Usted ha dicho que no es un hombre de cine. Ciertamente, un hombre que ha consagrado gran parte de su tiempo no solo a pensar la Revolución, sino también a hacerla, sin embargo, preside el Festival de Cine Latinoamericano que este año justamente cumple su treinta aniversario, ¿qué tiene de nuevo el Nuevo Cine Latinoamericano a estas alturas?

AG: En primer término te diré que sí soy un hombre de cine, pero no solo un hombre de cine. El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano es parte de ese —la palabra patriota la han tergiversado mucho— pero es de ese patriotismo latinoamericano que impregna a toda mi generación y a las generaciones con que estamos entrelazados. ¿El Nuevo Cine es nuevo? —es la preocupación mayor—, es nuevo, será nuevo mientras no supere a la generación primera. Si nos imitaran, si quisieran ser nosotros, o ser otros…, entonces se acabó el Nuevo Cine. El Nuevo Cine no por nosotros ya, fue Nuevo Cine cuando éramos jovenzuelos, es Nuevo Cine cuando otros son jovenzuelos, y seguirá siendo Nuevo Cine mientras las generaciones se sucedan con su propio mensaje, abordando su propia realidad, sometiéndola a la crítica, incorporándose a ella perdidos en el llano o ganados por la utopía.

P: Usted ha sido muy crítico de los medios de comunicación en un contexto general, pero también ha sido crítico de nuestros mensajes, a veces por banales, a veces por superficiales, a veces por estereotipados. ¿Cambiar eso, Alfredo, depende solo de los medios?

AG: Depende de que la inteligencia logre apoderarse de ellos. Desde dónde la inteligencia los ha desertificado —no lo digo bien—, bueno, los ha convertido en un desierto, no me toca decirlo ahora y aquí, lo he dicho donde lo tengo que decir. No es responsabilidad solo de los dirigentes de los medios, es falta de visión, y de información y de cultura de los medios. Yo creo que tenemos que volver a la información, y desterrar la rapidez, la desesperación por decir muchas cosas en tres minutos. Yo estoy hablando de la información reflexiva que le dé tiempo al espectador de pensar en lo que se le está hablando. Hay una especie de mentalidad de clip, todas las noticias en diez minutos, todas las noticias en imágenes directas.

Al final, el espectador dice: he estado cerca de la realidad, porque es el dominio de la imagen, pero hay que no olvidarse de pensar, de reflexionar, de buscar más información, de tener diversidad de informaciones. Ese es el gran problema. Yo no soy enemigo de los medios masivos dominantes, y creo que el más importante ahora, en Cuba, es la televisión, y más tarde será la televisión en INTERNET y no el cine.

P: ¿Y cómo usted valora la relación entre vanguardias intelectuales y medios de comunicación en Cuba? Es decir, hay quien extraña, por ejemplo, momentos pretéritos en los que muchas figuras intelectuales reconocidas, pienso, por ejemplo, en Alejo Carpentier que escribía hasta guiones para radio, para la radio cubana, había una relación muy fecunda entre ambos ámbitos, ¿Cuál es su juicio en la actualidad?

AG: ¿Y por qué no me lo respondes tú?... Yo quisiera saber porqué. Yo creo que… bueno, yo no quisiera que todo tipo de intelectual, aunque algunos muy valiosos pero mejor que se queden en los libros, y el que quiera leerlos, que los lea, pero yo creo que ciertos intelectuales que reconocen que el político es un intelectual, y que no pueden actuar en los medios para abusar de sí mismos narcisistamente, yo creo que un intelectual que va a los medios va…, sino no vale la pena, va con el bisturí en la mano a hacerle un buen rasgado a la realidad, a expresar convicciones, si las tiene; preguntas, si como en mi caso es lo que más tiene; porque me has visto afirmando a mi modo, pero yo debo decir que yo soy ante todo pregunta. Me pregunto sobre todo, y también cómo resolver los problemas que tú vas planteando.

P: Siempre que se habla de creación en Cuba, muchos mencionan al ICAIC como una institución fundacional, o Casa de las Américas, o algunas instituciones que han tenido un papel muy importante en la promoción de creadores. A su juicio, ¿a qué relación debiera aspirar el socialismo, entre un gestor de cultura, usted que lo fue tanto desde el ICAIC durante tanto tiempo, y un creador?

AG: Bueno, yo me siento un creador. Yo creo que un gestor de cultura, que es una de mis facetas, lo ideal es que sea un creador. El ideal es que no hay nada más fácil que el que un gestor de cultura sea un burócrata, sabiéndolo o no sabiéndolo. No siempre el burócrata tiene conciencia de quién es, si quieres no les llamo burócratas para que no se ofendan, porque como que no se sabe, pero son funcionarios. ¿Y qué cosa es ser funcionario? Bueno, es muy simple, es alguien apto para funcionar, pero entonces viene la siguiente pregunta; para funcionar al servicio ¿de qué diseño? Volvemos a tu pregunta, para funcionar al servicio ¿de qué protagonista? Porque el funcionario no es el protagonista. En el campo en que me he movido el funcionario está para servir a los artistas, para servir a los creadores, para facilitar su trabajo, para facilitar su difusión, para ser capaz de reconocer quién es un farsante y quién no lo es, pero para eso tiene que ser más que culto.

P: Se está terminando esta emisión de Privadamente público y hay cosas que yo…, por lo menos dos preguntas que yo no quisiera dejar de hacer. Usted ha acompañado la Revolución desde sus inicios y ha acompañado la figura de Fidel desde sus inicios también, si me tuviera que decir ahora mismo qué es lo que más admira del revolucionario, del hombre y del amigo suyo Fidel Castro.

AG: Bueno, pues es lo que más admiro de mí mismo, tal vez por eso somos o pudimos ser los amigos que hemos sido: la autenticidad y el coraje para que su autenticidad se mantenga a cualquier precio.

P: Cuando un joven dentro de veinte años lea Revolución es lucidez, o lea Tiempo de fundación, o lea cualquiera de los ensayos que ha escrito a lo largo de su vida y las cartas, y todo, de Alfredo Guevara, ¿qué no le gustaría que se dijera nunca de Alfredo Guevara?

AG: Eso no lo sé, ya se encargarán de evaluarlo esas generaciones, pero lo más probable es que ya no me lean.

P: ¿Usted cree?

AG: Bueno, no me hago ilusiones... Yo quiero operar sobre la realidad actual y más o menos inmediata. Veinte años no es muy largo, tú dijiste veinte años, bueno, tal vez sobre veinte años todavía juegue algún papel, pero no te extiendas mucho, porque la capacidad de olvido es terrible.

P: Pero hoy se le lee mucho en Cuba, usted lo sabe.

AG: No, yo no lo sé, pero me encantaría, me encantaría no por orgullo, sino para que aprovechen las lecciones de una vida real.

P: ¿Está obsesionado con el tiempo usted?

AG: Bueno, es que me falta…, pero no es el tiempo porque me falta, sino por todo lo que creo que todavía creo que debo hacer, y todo lo que falta por hacer, y yo quisiera estar al lado de los que son capaces de hacerlo.
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Fidel Castro: Lo que yo siento por Alfredo lo demuestro en los hechos, en mis relaciones con él siempre. Empezamos en la Universidad juntos hasta el día de hoy en que estuve presente en ese bello instante en que ustedes le dieron el título de Honoris Causa. Yo pienso que Alfredo, en una palabra, es un hombre extraordinario.



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sábado 19 de julio de 2008

La cultura Revolucionaria

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por Eliades Acosta Matos

“Revolución significa ruptura, transformación radical, audacia, horizontes ilimitados por conquistar, pujanza, pensamiento crítico, errar y rectificar, en fin, estar vivo. Las revoluciones son conflictivas, ¿podría ser diferente la cultura de los revolucionarios?”.


Dos días antes de entrar a La Habana al frente de la Caravana de la Victoria, Fidel Castro habla al pueblo enardecido de Sancti Spíritus desde el balcón de la Sociedad “El Progreso”. Es el 6 de enero de 1959, casualmente Día de Reyes. La naciente Revolución, cuyos principales líderes aún no han pisado las calles de la capital, y a pesar de los numerosos problemas e incertidumbres que van encontrando a su paso, tiene tiempo para regalar a los cubanos, por boca del propio Fidel, un anuncio precursor:

“A lo primero que voy a tener el gusto de dedicar mi esfuerzo, junto con otras muchas cosas, es a hacer la primera ciudad escolar, con el propósito de que pueda albergar y educar, dentro de los más modernos sistemas de la pedagogía, a 20 000 niñas y niños (APLAUSOS). En algún latifundio iremos a separar las primeras 300 caballerías que van a ser propiedad de la ciudad escolar (APLAUSOS). La vamos a empezar a hacer solo con nuestro esfuerzo, con el trabajo de los reclutas revolucionarios, con el aporte del pueblo (APLAUSOS); porque a todo el mundo le voy a pedir ayuda, un poquito a cada cual, para hacer esa primera ciudad, como un homenaje a la primera zona de Cuba donde comenzó la Revolución (APLAUSOS), y para poder ir haciendo lo mismo en las distintas provincias de Cuba.

No podemos decir que al mismo tiempo vamos a hacer las 10 ciudades escolares que hacen falta y que es un proyecto monumental, donde realmente se va a crear un tipo totalmente nuevo de hombre cubano, porque allí no va a recibir solamente una cultura general, sino que va a aprender a trabajar, va a recibir conocimientos técnicos y prácticos y va a producir lo mismo que va a consumir allí (APLAUSOS). Es una de las primeras ideas que pensamos llevar adelante.” (1)

Si pensamos con cuidado, propiciar el acceso a la educación y la cultura a todos, sin distinción de la clase social a la que se pertenece, es el sueño ancestral de todas las revoluciones y de todos los revolucionarios. Se dice que Pancho Villa, el popular jefe de la Revolución mexicana en el Norte, que no se inmutaba ante curas, generales y banqueros, sentía un respeto casi religioso por los maestros, y que al tomar Ciudad Juárez fundó, de un golpe, cincuenta escuelas. Desde este punto de vista, las metas iniciales de la Revolución cubana, expresadas por Fidel en Sancti Spíritus coinciden con las líneas generales de lo anhelado desde los tiempos fundacionales de la Revolución francesa. La Iluminación y los Iluministas suelen preceder a las revoluciones, y estas, a su vez, si son verdaderas, siempre comienzan por reconocer y propiciar el acceso al conocimiento, como derecho inalienable del pueblo. Lo original en el caso cubano se sintetiza en dos características propias, claramente discernibles en esas palabras de Fidel: en primer lugar, la educación para todos combinará la teoría con la práctica, el estudio con el trabajo, el saber con la vida. No será un fin en si misma, ni un divertimento para ornamentar o acomodar a los hombres, sino un medio para redimirlos, para prepararlos para la felicidad, y especialmente, para que tengan conciencia plena de por qué y para qué se hacen y se defienden las revoluciones. En segundo lugar, que en ese proceso integral, la meta es la formación de un hombre cubano nuevo, capaz de llevar adelante un tipo de sociedad diferente a las conocidas hasta entonces, donde la justicia ha de ir combinada con la cultura, y en la que el cultivo ininterrumpido del talento y la capacidad creadora de cada uno de sus miembros es condición indispensable para la subsistencia y despliegue de la propia Revolución, y garantía de su perdurabilidad y pureza.

Martí, con su pasmosa sabiduría, decía que las verdades esenciales de la vida caben en el ala de un colibrí. En este par de verdades sencillas, expresadas por Fidel hace casi medio siglo, dichas al pueblo desde un balcón en Sancti Spíritus cuando no teníamos siquiera gobierno revolucionario constituido, en mi modesta opinión, se resume una buena parte de la respuesta que buscamos en otros espacios más complejos y sofisticados cuando nos preguntamos cómo ha podido ser posible el milagro de la sobrevida de la Revolución cubana. Hoy ya sabemos que no se trata de producir más acero que el que produce Occidente, ni de tener más divisiones que la OTAN, ni de competir en la carrera por llegar antes a la Luna o Marte. Hoy es evidente que en la educación y la cultura de todo un pueblo, en función de la propia práctica social revolucionaria, y viceversa, está la clave del enigma que hace que unas revoluciones humildes triunfen y perduren y otras, en países inmensamente mejor dotados de recursos materiales y naturales, hayan desaparecido, derrotadas.

Quizás se deba decir que esta originalidad de nuestra Revolución está asentada en una tradición muy cubana donde no han sido clanes ni grupos de poder los que han movido las ruedas de la historia, sino las ideas, los maestros y sus alumnos, desde los tiempos de Varela, maestro de Saco y José de la Luz y Caballero, y este último, maestro de Rafael María de Mendive, quien a su vez formó a José Martí. Quizás debamos agregar que un rasgo distintivo de los mejores exponentes de la intelectualidad cubana, desde el Siglo XIX al presente, ha sido el ponerse humildemente al servicio de la nación, y de las causas más avanzadas de cada época, sin rechazar aquellas que hayan sido radicales o revolucionarias. En la historia de las ideas en Cuba es difícil encontrar indiferentes y enclaustrados en torres de marfil. La propia contrarrevolución cubana ha confrontado serios problemas para construirse un pedigree intelectual medianamente decente, y recién está vertebrando su ala ilustrada… con intelectuales formados por la Revolución, a los que les cuesta trabajo mostrarse medianamente creíbles cuando se disfrazan de liberales, conservadores, filo-fascistas o cínicos.


Claro, el Dr Marx ya lo había fundamentado, como ocurre con casi todo en lo que hoy pensamos y que nos rodea, desde los días del Manifiesto Comunista, que estaba cumpliendo 110 años, al detenerse Fidel en Sancti Spíritus. “Cuando se habla de ideas que revolucionan toda la sociedad, se expresa solamente el hecho de que en el seno de la vieja sociedad se han formado los elementos de una nueva, y la disolución de las viejas ideas marcha a la par con la disolución de las antiguas condiciones de vida.” (2) A lo que sería necesario agregar, que la cultura revolucionaria, especialmente cuando los revolucionarios han tomado el poder o mantienen una hegemonía, es la vía conciente y organizada para fomentar y masificar esas ideas que transforman de raíz la sociedad, y que son, por fuerza, inicialmente confusas, intuitivas y aisladas, circunscritas a un estrecho círculo de elegidos o cuasi iluminados (los intelectuales revolucionarios). La tarea de la cultura revolucionaria es, en consecuencia, la de explicar, exponer de manera racional, fomentar y propiciar, deliberadamente, la producción y reproducción de esas ideas nuevas hasta que pasen a formar parte indisoluble del pueblo, guiando su actuación desde la conciencia, los principios y los valores, y no desde la imposición, la coerción o la censura. Cuando esto ocurre, como ha ocurrido en Cuba revolucionaria, y tiene su símbolo en la contundente frase de Fidel “No le vamos a decir al pueblo cree, sino lee”, entonces los ritmos de disolución de las antiguas condiciones de vida se aceleran y el proceso revolucionario, en general, se va consolidando, hasta hacerse prácticamente irreversible. Y repito, prácticamente, no absolutamente irreversible.

La experiencia cubana muestra, otra vez a través del verbo de Fidel en su discurso del 17 de noviembre del 2005, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, que toda revolución es reversible, y que en ello juega un papel decisivo el debilitamiento de la cultura revolucionaria, más que las penurias materiales o las dificultades económicas, que sin dudas son extremadamente influyentes. Es cierto que ese debilitamiento puede ocurrir por un grupo de factores combinados, que van desde la influencia de la cultura globalizada y capitalista a través de sus infinitos canales de diseminación, la pérdida de los referentes, valores y paradigmas revolucionarios, erosionados por los errores y carencias propias, por la fiera batalla de ideas con el enemigo, y también, precisamente, como reflejo en la superestructura de problemas en la base económica no debidamente resueltos, o no suficientemente atendidos a tiempo, y que van ahondando paulatinamente la brecha entre la realidad y el discurso. En cualquier caso, el énfasis del aldabonazo de Fidel sobre la conciencia nacional, hace ya tres años, se dirigía a ahondar en cómo transcurren esos procesos en el ámbito de las ideas y de la conciencia de los revolucionarios. “¿Cuáles serían- se preguntaba Fidel entonces- las ideas o el grado de conciencia que harían imposible la reversión de un proceso revolucionario?. Cuando los que fueron de los primeros, los veteranos vayan desapareciendo y dando lugar a nuevas generaciones de líderes, ¿qué hacer y cómo hacerlo?” (3) La pregunta, en efecto, es provocativa y estremecedora.

Existen varias respuestas posibles a tan importante cuestión, de la cual depende la reversibilidad o irreversibilidad de la Revolución. Un primer acercamiento, quizás el más obvio, propondría trabajar en el fortalecimiento del Partido, en la formación de cuadros de relevo, en el mejoramiento del trabajo político e ideológico a todos los niveles de la sociedad, en el perfeccionamiento de la labor de los medios de comunicación revolucionarios en función de la defensa y promoción de nuestros principios y valores, y en la elevación de la calidad de la educación, a todos los niveles. Nadie podría discutir que tales medidas, de ser eficazmente puestas en vigor y desplegadas de manera sistemática y coherente, podrían ejercer un efecto muy positivo y saludable en el sentido que la Revolución espera, pero una y otra vez, las respuestas traerán nuevas interrogantes, por ejemplo, ¿ qué conocimientos transmitiríamos a esos cuadros del relevo, acaso solo los que contribuyeron a defender y preservar las conquistas de la Revolución bajo ciertas circunstancias históricas, no necesariamente las mismas que ellos enfrentarán en un mundo velozmente cambiante? ¿Los que alguien pueda reputar como el conjunto más acertado y exitoso de recetas a aplicar para la construcción del socialismo? ¿Qué es lo que debemos hacer: transmitir conocimientos, ideas y experiencias históricas concretas, o trasmitir un método derivado de su estudio profundo y culto? Fidel fue claro y tajante al pronunciarse por esta última variante. “Uno de nuestros mayores errores al principio, y muchas veces a lo largo de la Revolución-afirmó- fue creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo… Hoy tenemos muchas ideas, a mi juicio, bastante claras, de cómo se debe construir el socialismo, pero necesitamos muchas ideas bien claras y muchas preguntas dirigidas a ustedes, que son los responsables acerca de cómo se puede preservar o se preservará en el futuro el socialismo.”(4)

Llegados al problema del método, nos encontramos con otro enfoque que puede contribuir a esclarecer la constante lucha de Fidel, su incansable prédica y acción en los últimos años, no siempre asumida a cabalidad por todos, de la impostergable necesidad de que los cubanos, y agrego, especialmente los cuadros revolucionarios, alcanzasen una elevada cultura general integral. Tampoco aquí Fidel se refería a una suma diletante de conocimientos fríos de salón, sino a la certeza, derivada de las experiencias históricas, de que solo alcanzando cada cubano una visión integral, científica y humanista del mundo en que vivimos, de sus peligros y amenazas, de su organización y las leyes que lo rigen, de las fuerzas motrices que lo hacen avanzar o retroceder, estaremos en condiciones de optar por las mejores decisiones posibles y reducir al mínimo los errores, especialmente, en materia de ideología y política. La cultura integral revolucionaria, individual y colectiva, como garantía final de la irreversibilidad de la propia Revolución, es el sentido profundo de estas ideas y estos programas de Fidel. Y ella no excluye, todo lo contrario, presupone, de retorno, la solución perspectiva de las dificultades materiales y de la base económica que tanto la afectan.

El Siglo XX ha presenciado el derrumbe de muchas certezas y credibilidades, algunas de manera espectacular. En esta larga lista de destronados figuran los Estados, los partidos políticos, las religiones, las elecciones, la democracia, los ejércitos y demás instituciones armadas, las leyes, la razón, el progreso, el optimismo científico, la filosofía, el humanismo, la fuerza del arte y la influencia social de los artistas, el compromiso político de los intelectuales, los grandes discursos historiográficos, la unidad y carácter progresivo de los procesos históricos, las razas, la omnipotencia benéfica de la medicina, la familia, la respetabilidad de la prensa, la institución del matrimonio, las relaciones entre los géneros, las utopías, la centralidad de ciertas preferencias sexuales y la marginación de otras, la educación de niños y jóvenes y las relaciones internacionales. Cuando casi todas las certezas han fallado y todas las autoridades han sido, y son, fieramente cuestionadas, la cultura es de las pocas que aún conserva cierta respetabilidad. Pocos niegan el valor que ostenta hacia el interior de las sociedades humanas. En el caso concreto de la caída del socialismo en la URSS y Europa del Este, ¿hasta qué punto a esas poblaciones carentes de una verdadera cultura general integral, a la que se sustituyó burocrática y autoritariamente por remedos dogmáticos, estrechamente nacionalistas, anticuados, reduccionistas y simplones de lo que debía ser la cultura socialista, no se les hizo muy vulnerables en medio de la confrontación con la astuta y sibilina cultura del capitalismo global, especialmente hábil para reciclar a su favor hasta las expresiones contraculturales que se le enfrentan, consciente de su propio poder, y dotada, además, de mucho brillo y oropel para empobrecer y domesticar más eficazmente a sus consumidores?

El desafío de la reversibilidad o irreversibilidad de la Revolución cubana, es, en consecuencia, un desafío que se dirime, en última instancia, en el terreno cultural, en lo interior de cada cubano, y a nivel de toda la sociedad. No basta, entonces, con formar elites altamente educadas, ni en concentrar el acceso cultural en la capital o las principales ciudades. No basta con dar y recibir pasivamente módulos de conocimientos. El problema es mucho más profundo, y reitero, pasa por el método antes que por la acumulación de saberes concretos. Preguntémonos, por ejemplo, si alguien que no piense con cabeza propia, que no sea capaz de arribar a sus propias conclusiones, que no ejerza un pensamiento crítico, que es la única manera de ejercer un pensamiento revolucionario, podrá garantizar la irreversibilidad de la Revolución, cuando le toque decidir en qué lado de la barricada se ha de situar, y por qué. Esa incapacidad, ese inmovilismo generalizado, esa abulia intelectual, ese rumiar bovino que elude encarar el carácter esencialmente contradictorio y conflictivo de la realidad, y especialmente de la construcción socialista, en la que tanto influye y determina la conciencia de los hombres, explicaría por qué se derrumbaron sociedades que decían estar construyendo un mundo nuevo, sin que se disparase un tiro, sin que pudiesen evitarlo los hombres que se reputaban como nuevos.

Cuando Fidel insiste, hasta la saciedad, en que hay que hacer que cada ciudadano del país adquiera una cultura general integral, está apostando por el desarrollo de las ideas y la conciencia como antídotos contra las acechanzas del enemigo y lo pernicioso de nuestros propios errores y nuestra propia soberbia. Un pueblo culto, ya se sabe, tienen conciencia de su libertad y es inconquistable. Un destacado papel en este campo juegan, y han de jugar, los artistas e intelectuales revolucionarios, en cierta medida, la vanguardia de estos procesos culturales. Y podrán cumplir mejor sus misiones, en la medida en que ellos mismos, desde su arte, demuestren que poseen una elevada cultura general integral, de la que son piedras angulares la cultura histórica, la cultura política y el más profundo humanismo. “Las probabilidades de que surjan artistas excepcionales-profetizaba el Che, en 1965, en su luminoso ensayo “El socialismo y el hombre en Cuba”-serán tanto mayores cuanto más se haya ensanchado el campo de la cultura y la posibilidad de expresión.”(5)

Esta curiosa predicción del Che, en todo justificada, pone sobre el tapete una nueva interrogante: ¿De quién o quiénes depende que se “ensanche en Cuba el campo de la cultura y las posibilidades de expresión”? ¿Acaso quienes tienen que propiciarlo, facilitarlo y promoverlo podrían hacerlo si antes no tienen exacta conciencia de lo que está en juego, o lo que es lo mismo, sin poseer a su vez una cultura general integral? Y por último, ¿No depende mucho de que tengamos “artistas excepcionales” que el resto de nuestro pueblo adquiera esa cultura general integral que garantiza, en última instancia, la irreversibilidad de la propia Revolución? En consecuencia, del ensanchamiento del campo de la cultura y de la posibilidad de expresión depende mucho la propia perdurabilidad de la Revolución.

Con la grave serenidad de los profetas bíblicos, el Che no temió encarar el peligro esencial que podría corroer, y ha corroído en parte, estos vitales procesos culturales entre nosotros, de carácter tan político e ideológico como los que más. Con el ojo puesto en lo observado en la URSS y demás países socialistas, el Che alertaba: “No debemos crear asalariados dóciles al

pensamiento oficial ni becarios que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas. Y vendrán los revolucionarios que entonen el canto del hombre con la auténtica voz del pueblo. Es un proceso que requiere tiempo.”(6)

Han pasado 43 años desde que fueron escritas estas palabras, y mantienen plena vigencia. Por un lado, se trata de que los artistas revolucionarios lo sean de manera auténtica. Por otro, se trata de que las estructuras e instituciones que interactúan con ellos lo promuevan, incluso, lo faciliten y no lo obstaculicen con una deficiente gestión o con conceptos anti-culturales que sustituyen la libertad auténtica por la libertad entre comillas. Y vuelven las interrogantes, ¿de qué depende que se agreguen tales comillas a la libertad, esas que a la largan impiden la autenticidad revolucionaria de los artistas? El propio Che responde, al describir la manera en que actúa el pensamiento dogmático, que no es, por esencia, ni culto, ni revolucionario. “Se busca entonces la simplificación, lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios. Se anula la verdadera investigación artística y se reduce la apropiación de la cultura general a una apropiación del presente socialista y del pasado muerto, por tanto, no peligroso” (7) En resumen, que se agreguen o no las comillas depende, una vez más y siempre, de la cultura de quienes toman las decisiones. La falta de ella, a la larga, se convierte en un lastre político, que trabaja, aún cuando no se lo proponga, por la reversibilidad de la Revolución.

Lejos de ayudar a consolidar y prolongar la Revolución, la simplificación de las contradicciones de la vida y su reflejo en el arte, en la prensa, en el lenguaje, en el pensamiento y en la política contribuyen a minar la credibilidad de la cultura revolucionaria y de los discursos que la expresan. No es exaltando el momento de equilibrio o reposo existente en cada contradicción dialéctica como se ayuda mejor a las revoluciones, ni a la cultura revolucionaria. Eso dejémoslo para quienes defienden el conservatismo como la mejor de las opciones políticas en las sociedades humanas. Revolución significa ruptura, transformación radical, audacia, horizontes ilimitados por conquistar, pujanza, pensamiento crítico, errar y rectificar, en fin, estar vivo. Las revoluciones son conflictivas, ¿podría ser diferente la cultura de los revolucionarios?

Y en ese carácter eminentemente conflictivo de la cultura revolucionaria, y por suerte para nosotros, de la auténtica cultura revolucionaria cubana, esa que no tolera las comillas, radica la expresión más acabada de su originalidad con respecto a las culturas precedentes, y muy especialmente, con respecto a la cultura del capitalismo globalizado, que es inofensiva para el capital, por mucho que se esfuerce en parecer temiblemente rebelde, iconoclasta, irreverente y contracultural; porque en el fondo es domesticada y domesticadora, banal y banalizante, enajenada y enajenante. “Es el papel de la revolución-ha sentenciado Francois Houtart- devolver a cada uno la palabra, su capacidad creativa de nombrar, su posibilidad de actuar en solidaridad, creando estructuras económicas, sociales y políticas que lo permitan” (8) Y tiene que estar muy en consonancia con ese carácter la cultura que pretenda expresar a esa misma revolución.

¿Ha agotado la cultura revolucionaria en Cuba todo su potencial creativo en este medio siglo de proceso transformador? ¿Ha logrado la creación de ese hombre nuevo cubano al que Fidel hacía referencia en enero de 1959, y el Che en marzo de 1965?

Estas interrogantes son de muy difícil respuesta. Siempre dependerá del prisma con que se mire la realidad y con respecto a qué establezcamos la comparación. Si miramos al cubano de hace medio siglo, sin dudas que la cultura revolucionaria ha sido eficaz y atinada, en general, para moldear una ser humano más culto, más conciente, más humano y mejor, aún cuando se haya retrocedido en ciertos momentos y en ciertos aspectos, como el de la educación formal y el respeto. Creo que pertenece a Fernando Martínez Heredia la feliz definición de que si bien la Revolución no ha logrado formar a un hombre totalmente nuevo, al menos si logró formar un hombre solidario, y eso, en el mundo del que venimos, y en el mundo en que vivimos, si es una novedad. La complejidad de la tarea, fue definida también por el Che en su ensayo ya citado, y obsérvese que en sus palabras hace énfasis en los factores subjetivos, antes que en los objetivos, capaces de facilitar u obstaculizar la tarea. “ El socialismo es joven y tienen errores-afirmaba el Che-Los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarios para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales…”(9) Una vez más surgen las ineludibles preguntas: ¿ Se puede experimentar la necesidad de buscar métodos no convencionales para formar al hombre nuevo, y se puede tener la audacia de probarlos en la práctica social y de construcción del socialismo, si no se tiene una verdadera y profunda cultura general integral que predispone al hombre hacia la constante insatisfacción con lo alcanzado y en el camino hacia la perfección de la obra común?

Conocimientos y audacia intelectual son, en efecto, rasgos de cualquier cultura revolucionaria. La cubana no ha sido una excepción, incluso, ha sido precursora de formas novedosas de ejercer estas funciones en el pueblo. Una muestra de ello lo constituye el programa de instructores de arte, de los primeros en ser puestos en vigor por la Revolución, y del cual Fidel habló con entusiasmo en fecha tan temprana como el 30 de junio de 1961, al pronunciar su discurso conocido como “Palabras a los intelectuales”. Pero seamos honestos y reconozcamos que puede que nos hayan sobrado y nos sobren conocimientos, pero casi siempre nos ha faltado audacia intelectual. La capacidad creativa, innovadora, de improvisación de respuestas revolucionarias ante los retos de la historia y la realidad, podría servir como unidad de medida para aquilatar la profundidad y el alcance cultural de una revolución. En ello radica el brillo indeleble, el carácter juvenil, de ofensiva permanente y de triunfo que rodea a las mejores etapas de las revoluciones, y que se expresa de manera irrepetible, en el arte y la literatura del período. Las crónicas de John Reed, en el México insurgente o en la Rusia bolchevique, los discurso del Che y de Fidel, las novelas de Alejo Carpentier, especialmente “El Siglo de las Luces”, la mejor poesía de Nicolás Guillén, la obra cinematográfica de Santiago Alvarez o Titón, el ballet de Alicia, el cartel cubano de los 60, el “Galileo”de Bertold Brecht, la poesía de Miguel Hernández, las fotografías de Tina Modotti y el cine de Serguei Eisestein, por solo citar algunos ejemplos bien conocidos, demuestran que conocimientos y audacia creativa, unidos a un peculiar momento de efervescencia revolucionaria, son capaces de producir obras de arte de elevada calidad estética y de probada eficacia política. Esos rasgos, en la cultura revolucionaria cubana, han coincidido repetidamente, pero en los últimos tiempos, no frecuentemente. Las razones de esta asincronía son diversas, y explicarlos rebasaría el tiempo asignado para esta exposición. Baste decir que no es una maldición ineludible que en su marcha prolongada, y en medio de las feroces confrontaciones con sus enemigos de clase, se erosione el carácter creativo y cultural de las revoluciones, y debamos resignarnos a los remedos y las expresiones decadentes, las migajas del pasado esplendor cultural y la creatividad radiante de la propia cultura revolucionaria, todo lo cual sería el presagio de que las mismas entran en su otoño final. Una vez más el análisis nos lleva a la cultura general integral, o mejor dicho, a los daños que provoca su ausencia.

Vista desde la distancia, la cultura revolucionaria cubana destinada al logro de un hombre nuevo, y fomentada deliberadamente desde el inicio mismo de la Revolución, constituyó un elemento esencial para la perdurabilidad del modelo socialista cubano, y llenó perfectamente el vacío que dejó la pérdida de otras certezas y aglutinantes sociales, en los años de incertidumbre y resistencia conocidos como Período Especial. Sin el capital humano formado por la propia Revolución, sin la cultura general alcanzada, y especialmente, sin la cultura histórica y política al alcance de todos, no hubiese sido posible la salvación del socialismo en Cuba. Sus períodos de ascenso han marcado los mejores períodos creativos del arte y la literatura nacional, y también, como es apreciable, del internacionalismo, el patriotismo, la defensa de nuestros principios, la solidaridad, la capacidad de sacrificio, la cohesión social, el optimismo colectivo, los momentos más brillantes y creativos de la propia política revolucionaria y socialista. De esta cultura depende, en grado sumo, la irreversibilidad de la Revolución. Sus debilitamiento, anquilosamiento, dogmatización, burocratización o domesticación son expresiones alarmantes que redundan contra la continuidad de nuestro proyecto. Especial gravedad reviste el hecho comprobable de que ciertas decisiones estratégicas en materia cultural obedecen al más absoluto voluntarismo y a la más absoluta improvisación, expresiones, a su vez, de que el nivel cultural en quienes toman las decisiones suele no estar a la altura del nivel cultural alcanzado por nuestro pueblo, ni de las amplias oportunidades que ha dado la Revolución para estudiar. Es que lo que explica, por ejemplo, las insatisfacciones frecuentes con la prensa nacional y las programaciones de radio y televisión.

Nadie concluya, a partir de estas ideas, que Cuba revolucionaria tiene la receta infalible ni la fórmula mágica en el terreno de cómo y para qué fomentar una cultura revolucionaria. Como podrán haber apreciado, he reunido aquí algunas experiencias, pero muchas más preguntas que respuestas. Que sean las primeras un acicate para estimular la audacia intelectual y el compromiso ético y revolucionario con nuestra realidad y futuro, del cual estamos muy urgidos. Como son tan enormes los retos, no puedo menos que sentirme optimista. Recuerden que el propio Dr Marx nos legó la idea de que cada contradicción porta en si su propia solución. Tengamos la cultura necesaria para poder desentrañar estos enigmas y repetir con todo el optimismo del Che, y con su sonrisa, tan parecida a la de Paul Newman en “La leyenda del indomable”:

“El camino es largo y desconocido en parte; conocemos nuestras limitaciones. Haremos el hombre del Siglo XXI: nosotros mismos” (10)


Eliades Acosta Matos

NOTAS:

1) Fidel Castro: ¨Discurso pronunciado desde el balcón de la Sociedad ¨El Progreso¨. Sancti Spíritus, 6 de enero de 1959. En: http:/www.cuba. cu/gobierno/discursos/

2) Carlos Marx y Federico Engels: ¨El Manifiesto Comunista¨. En: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm

3) Fidel Castro: ¨Discurso del 17 de noviembre del 2005, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana.¨ En: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/

4) Idem.

5) Ernesto Che Guevara: ¨El socialismo y el hombre en Cuba¨. En: http: www.patriagrande.net/cuba/ernesto.che.guevara/ensayos/el.socialismo.y.el.hombre.en.cuba.htm

6) Idem.

7) Idem.

8) Francois Houtart: ¨La cultura, corazón del humanismo revolucionario¨. En: http://lajiribilla-habana.cuba.cu/2006/n291_12.html

9) Ernesto Che Guevara: Oport Cit.

10) Ernesto Che Guevara: Idem.


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Autocríticas: un diálogo al interior de la tradición socialista

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por Julio Cesar Guanche*

«Pero hacer la crítica del capitalismo no exime de realizar la crítica a las ideas, y a las formas, de la política revolucionaria.».



El siglo XXI contempla la reapertura de la discusión sobre el socialismo. Este proyecto reconstruye la imagen de sí mismo en un nuevo horizonte: la defensa de la pluralidad de los paradigmas socialistas.
El orden impuesto por el capitalismo afirma que no hay alternativas a la lógica proveniente de las relaciones capitalistas de producción. Sin embargo, una sociedad que afirma que no existen alternativas para ella –como asevera Franz Hinkelammert–, demuestra que ella misma no es la alternativa. El «chantaje de constituir la única alternativa», solo puede ser ejercido tras imposibilitar las otras alternativas realmente existentes.

El socialismo ha de afirmarse no solo como alternativa al capitalismo sino como alternativa a sí mismo.

El capitalismo es estructuralmente incapaz de relacionar de manera positiva las promesas en que se fundó como orden social: eficacia económica, igualdad política y autorrealización del individuo. Los dos últimos elementos de esa tríada son cremados, sistemáticamente, en función de la eficacia económica. La teoría liberal de la democracia, en los hechos, resulta una concepción procedimental sobre la expansión del capital, pero no una doctrina sobre la ampliación del contenido político de la acción ciudadana. La indagación sobre la ontología del individuo no pasa de ser teleología de la ganancia, a la cual subordina medios y fines. Para más, trastoca en medios los fines: convierte al hombre y a la naturaleza en medios del fin de la eficiencia.

Pero hacer la crítica del capitalismo no exime de realizar la crítica a las ideas, y a las formas, de la política revolucionaria.

Una Revolución en modo alguno realiza el reino de Pangloss sobre la tierra. El ideal que encarna la tesis leibniziana según la cual se vive en el mejor de los mundos posibles es per se conservador. Para la Revolución es una necesidad positiva, sustantiva, producir la crítica de sí misma, de sus prácticas y de su propia idea constituyente, y con ello dejar abierta la discusión, cual una sistemática, sobre las alternativas posibles a la revolución constituida.

Por todo ello, la primera entrega de RUTH. CUADERNOS DE PENSAMIENTO CRÍTICO es un número de crítica socialista.

Hemos organizado un dosier con el título «Autocríticas. Un diálogo al interior de la tradición socialista» por razones transparentes. Se trata en rigor de una autocrítica: si bien es imprescindible la discusión sobre la naturaleza del capitalismo y sobre sus formas de dominación, esta no ha ido acompañada de una reflexión crítica correlativa sobre los problemas de la construcción revolucionaria. Sin embargo, esta autocrítica no parte del lugar lacrimógeno de aquella izquierda cuyo único proyecto político es la queja. Se trata de una discusión que debate proyectos socialistas, reconociendo tanto la legitimidad de esa diversidad como la fortaleza proveniente de la crítica. Es un diálogo porque con palabras como debate, discusión, polémica, casi siempre se obvia el presupuesto político que supone la palabra diálogo. Aspiramos a plantear un debate en cuanto construcción colectiva de saber, a partir de la argumentación sobre ideas diversas sobre el tema, que dialogan con los argumentos de los otros. Es un diálogo al interior de la tradición socialista porque se trata de un repaso teórico de lo que han sido y están siendo las ideas sobre el socialismo. Sabemos desde el inicio que el tema está lejos de completarse en un dosier de estas dimensiones. Falta no solo el examen de perspectivas teóricas socialistas ausentes en este número, sino también el análisis de experiencias políticas que, en diversos países, se reclaman socialistas. Ahora bien, la línea de reconstrucción crítica es la del conjunto de las secciones. Los autores que contribuyen a ellas pertenecen a diversas corrientes teóricas, así como a diferentes generaciones, profesiones y procedencias geográficas. Con la selección, intentamos dibujar un mapa de la diversidad ideológica existente al interior del pensamiento revolucionario.

El hilo que recorre este primer cuaderno –distinguir paradigmas del socialismo y cruzar críticamente sus propuestas– pretende contribuir a recuperar la diversidad y riqueza de este proyecto, a perfilar su «contenido » y a entender que una forma histórica del socialismo es eso, una forma histórica, y no todo el socialismo. Precisar «de qué se habla» y «desde dónde se habla» impide discursos en nombre de «El Socialismo» como si este fuese un significado unívoco y monolítico, insuperable en su propia formulación. Así, permite reivindicar lo que de profecía, herejía y urgencia tiene este proyecto.


* Ha coordinado, junto a la Redacción de RUTH. CUADERNOS DE PENSAMIENTO CRÍTICO, el dosier «Autocríticas. Un diálogo al interior de la tradición socialista».

Tomado de Ruth. Cuadernos de Pensamiento Crítico

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jueves 17 de julio de 2008

Socialismo

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por Fernando Martínez Heredia

El camino a la transición socialista de los países pobres exige negarse a «cumplir etapas intermedias» supuestamente «anteriores» al socialismo; negar que la nueva sociedad sea el resultado de la evolución del capitalismo



I. Socialismo, socialistas

El concepto «socialismo» ha sido cargado de sentido desde una amplia gama de orientaciones ideológicas y políticas durante más de un siglo y medio. Sin duda, esto dificulta el trabajo con él desde una perspectiva de ciencia social, pero es preferible, en vez de lamentarlo, partir de esa realidad, que es casi imposible separar del concepto. Lo más importante es que desde el siglo XIX y en el curso del siglo xx la noción de socialismo auspició un amplísimo campo de demandas y anhelos de mejoramiento social y personal, y después de 1917 llegó a asociarse a las empresas de transformación social y humana más ambiciosas y profundas que ha vivido la Humanidad, constituyendo a la vez el reto más grave que ha sufrido la existencia del capitalismo, en todas sus variantes, a escala mundial.

También ha estado vinculado el socialismo a la interrogante crucial de esta época: la multiplicación acelerada de logros técnicos y científicos en tantos campos y de las necesidades asociadas a ellos, del conocimiento cada vez más profundo de los seres humanos, y del desarrollo de las subjetividades y las relaciones interpersonales; es decir, el raudo crecimiento de las potencialidades y las expectativas de la Humanidad, ¿desembocará en una agudización de la dominación más completa y despiadada sobre las personas y la mayoría de los países, y de la pauperización de gran parte de su población, más un deterioro irremediable del medio en que vivimos? ¿O será el prólogo de movimientos e ideas que logren transformar el mundo y la vida para poner aquellos logros inmensos al servicio de las mayorías y de la creación de un orden social y humano en que primen la justicia, la libertad, la satisfacción de necesidades y deseos y la convivencia solidaria?

Socialismo y socialista han sido denominaciones utilizadas por muy disímiles partidos y movimientos políticos, Estados, corrientes ideológicas y cuerpos de pensamiento, para definirse a sí mismos o para calificar a otros. Las posiciones que se autocalifican socialistas pueden considerar al capitalismo su antinomia y trabajar por su eliminación, o limitarse a ser un adversario legal suyo e intentar cambiarlo de manera evolutiva, o ser apenas una conciencia crítica del orden social vigente. Por otra parte, la tónica predominante al tratar el concepto en los medios masivos de comunicación y en la literatura divulgativa incluidas enciclopedias, y en gran parte de las obras especializadas, ha sido una sistemática devaluación intelectual del socialismo, simplificaciones, distorsiones y acusaciones morales y políticas de todo tipo. Pocos conceptos han confrontado tanta hostilidad, lo que aquí registro solamente como un dato a tener en cuenta.

Las relaciones entre los conceptos socialismo y comunismo a las que me referiré más adelante no solo pertenecen al campo teórico y a las experiencias prácticas socialistas; el cuadro de hostilidad mencionado ha llevado muchas veces a preferir el uso exclusivo de la palabra socialismo, para evitar las consecuencias de incomunicación o malos entendidos que se levantan de inmediato si se utiliza también la palabra comunismo. Esa desventaja fue agravada durante una gran parte del siglo XX por la connotación que le dio a «comunismo» ser identificado con la tendencia más fuerte que ha habido dentro de las experiencias, organizaciones e ideas socialistas, es decir, la integrada por la Unión Soviética, el llamado movimiento comunista internacional y la corriente marxista que llamaron marxismo-leninismo.

No pretendo criticar, o siquiera comentar, las muy diversas definiciones y aproximaciones que registra el concepto de socialismo, ni el océano de bibliografía con que cuenta este tema. Intentar apenas esa valiosa tarea erudita ocuparía todo el espacio de este ensayo, y no sería lo apropiado. Solo por excepción coloco algunas notas al pie, para que estas no estorben al aire del texto y su intención. A mi juicio debo exponer aquí de manera positiva lo que entiendo básico en el concepto de socialismo, los problemas que confronta y la utilidad que puede ofrecer para el trabajo intelectual, desde mi perspectiva y desde nuestro tiempo y el mundo en que vivimos.

Dos precisiones previas, que son cuestiones de método. Una, todo concepto social debe ser definido también en relación con su historia como concepto. En unos casos puede parecer más obvio o provechoso hacerlo, y en otros más dispensable, pero entiendo que en todos los casos es necesario. La otra, en los conceptos que se refieren a movimientos que existen y pugnan en ámbitos públicos de la actividad humana, es necesario distinguir entre los enunciados teóricos y las experiencias prácticas. Tendré en cuenta ambos requerimientos en este artículo.

II. Historia y concepto, prácticas y concepto

El socialismo está ligado al establecimiento de sociedades modernas capitalistas en Europa y en el mundo, si prescindimos de una dilatada historia que se remonta a las más antiguas sociedades con sistemas de dominación. Esta incluye rebeliones de los de abajo contra las opresiones, por la justicia social, la igualdad personal o la vida en comunidad, actividades de reformadores que tuvieron más o menos poder, y también creencias e ideas que fueron formuladas como destinos, y construcciones intelectuales de pensadores, basadas en la igualdad de las personas y en un orden social colectivista, usualmente atribuidas a una edad pasada o a una era futura sine die. En la Europa de la primera mitad del siglo xix le llamaban socialismo a diferentes teorías y movimientos que postulaban o buscaban sobre todo la igualdad, una justicia social y un gobierno del pueblo, e iban contra el individualismo, la competencia y el afán de lucro nacidos de la propiedad privada capitalista, y contra los regímenes políticos. Prefiguraban sociedades más o menos perfectas o favorecían la idea de que predominaran los productores libres.

En general, esos socialismos debían mucho de su lenguaje y su mundo ideal a los radicalismos desplegados durante y a consecuencia de las revoluciones burguesas, especialmente de la francesa, pero encontraron base social entre los crecientes contingentes de trabajadores industriales y sus constelaciones sociales. Una parte de esos trabajadores solía luchar por algunas reformas que los favoreciera, y potenciaba sus identidades a través de movimientos sociales, en ciertas coyunturas encontraban lugar o recibían apoyo de organismos políticos. Pero surgieron también otros activistas y pensadores que aspiraban a mucho más: cambios radicales que implantaran la justicia social, o que llevaran la libertad personal mucho más lejos que sus horizontes burgueses. Socialistas, comunistas y anarquistas pensaron y actuaron en alguna medida durante las grandes convulsiones europeas que son conocidas genéricamente como la Revolución del 48.

En la Europa del medio siglo siguiente se desplegó la mayor parte de las ideas centrales del socialismo y sucedieron algunas experiencias muy radicales, pero principalmente sobrevino la adecuación de la mayoría de los movimientos socialistas a la hegemonía de la burguesía. El triunfo del nuevo tipo de desarrollo económico capitalista, ligado a la generalización del mercado, el dinero, la gran industria y la banca, las nuevas relaciones de producción, distribución y consumo, el mercado mundial y el colonialismo, unido a la caída del antiguo régimen y las nuevas instituciones e ideas políticas e ideológicas creadas a partir de las revoluciones burguesas y las reformas del siglo XIX, habían transformado a fondo las sociedades en una gran parte del continente. Pero entonces fue posible entender también esos profundos cambios como los procesos de creación de condiciones imprescindibles para que la humanidad contara con medios materiales y capacidades suficientes para abolir con éxito la explotación del trabajo y la propiedad privada burguesa, las opresiones sociales y políticas, el propio poder del Estado y la enajenación de los individuos.

Esa noción estaba ligada a la convicción o la confianza en la actuación decisiva que tendría un nuevo sujeto histórico. El mismo proceso de auge del capitalismo en Europa estaba creando una nueva clase el proletariado, capaz de llevar a cabo una nueva labor revolucionaria y destinada a ello por su propia naturaleza; su trabajo, igual que el de la burguesía, tendría alcance mundial, pero con un contenido opuesto, liberador de todas las opresiones y de todos los oprimidos. El nacionalismo, política e ideal triunfante en gran parte del continente y que parecía próximo a generalizarse, sería superado por la acción del proletariado paneuropeo, que conduciría finalmente al resto del mundo a un nuevo orden en el cual no habría fronteras. Las ideologías burguesas del progreso y de la civilización podían ser aceptadas por los proletarios porque ellos las volverían contra el dominio burgués: el socialismo sería la realización de la racionalidad moderna. Aún más, el auge y el imperio de la ciencia, con su positivismo y su evolucionismo victoriosos, podían brindar la clave de la evolución social, si se hacía ciencia desde la clase proletaria.

Una concepción se abrió paso entre las ideas anticapitalistas, en franca polémica con el anarquismo en torno a los problemas de la acción política y del Estado futuro, aunque coincidiendo con él en cuanto a la oposición radical al sistema capitalista y la abolición de la propiedad privada. Esta fue la concepción de Carlos Marx (1818-1883), que en vida suya comenzaron otros a llamar marxismo. Ella ha sido el principal adversario del capitalismo desde entonces hasta hoy, como cuerpo teórico y como ideología; además, innumerables movimientos políticos y sociales anticapitalistas y de liberación en todo el mundo se han proclamado marxistas, y prácticamente todas las experiencias socialistas lo han hecho también. La producción intelectual, su historia de más de siglo y medio y las diferentes tendencias del marxismo están profundamente vinculadas a todo abordaje que se haga del concepto de socialismo. No me es posible sintetizar ese conjunto, por lo que me limito a presentar un sucinto repertorio del marxismo originario, tan abreviado que no tiene en cuenta la evolución de las ideas del propio Marx. Más adelante añadiré algunos comentarios parciales.

Carlos Marx intentó desarrollar su posición teórica a través de un plan sumamente ambicioso, que solo en parte pudo realizar; pero además, es erróneo creer que estuvo elaborando un sistema filosófico acabado, como había sido usual en el medio intelectual en que se formó inicialmente. Marx fue un pensador social, lo que sucede es que sentó las bases y construyó en buena medida un nuevo paradigma de ciencia social en mi opinión el más idóneo, útil y de mayores potencialidades de los existentes hasta hoy. También entiendo que existe ambigüedad en ciertos puntos importantes de su obra teórica, y además ella adolece de ausencias y contiene algunos errores, exageraciones y tópicos que hoy son insostenibles. A pesar de su radical novedad, la concepción de Marx no podía ser ajena a las influencias del ambiente intelectual de su época, aunque fue capaz de mantener su identidad ante él, y de contradecirlo. No puede alegarse lo mismo de la mayor parte de sus seguidores, lo cual ha tenido negativas consecuencias. En general, la posición tan revolucionaria de Marx resultaba chocante, y el conjunto formado por la calidad de contenido y el carácter subversivo de su teoría, su intransigencia política y su ideal comunista concitó simplificaciones, rechazos, distorsiones y exclusiones. Apunto los rasgos de su pensamiento que considero básicos:

1. el tipo capitalista de sociedad fue su objeto de estudio principal, y a su luz es que hizo postulaciones sobre otras realidades o planteó preguntas acerca de ellas. Tanto por su método como a través de la investigación de la especificidad del capitalismo, Marx produjo un pensamiento no evolucionista cuando esa corriente estaba triunfando en toda la línea. Para él, lo social no es un corolario de lo natural;

2. se enfrentó resueltamente al positivismo, que en su tiempo se convertía en la dirección principal del pensamiento social, y propuso una concepción alternativa;

3. superó críticamente los puntos de partida de los sistemas filosóficos llamados materialistas e idealistas, y la especulación filosófica en general, colocándose en un terreno teórico nuevo;

4. produjo una teoría del modo de producción capitalista, capaz de servir como modelo para estudiar las sociedades «modernas» como sistemas de relaciones sociales de explotación y de dominación entre grandes grupos humanos. Esa teoría permite investigar las características y los instrumentos de la reproducción del sistema de dominación, las contradicciones internas principales de esas sociedades, su proceso histórico de origen, desarrollo y apogeo, y sus tendencias previsibles;

5. para Marx, la dinámica social fundamental proviene de la lucha de clases moderna. Mediante ella se constituyen del todo las clases sociales, se despliegan sus conflictos y tienden a resolverse mediante cambios revolucionarios. Las luchas de clases no «emanan» de una «estructura de clase» determinada a la cual estas «pertenecen». La teoría de las luchas de clases es el núcleo central de su concepción;

6. la historia es una dimensión necesaria para su teoría, dados su método y sus preguntas fundamentales. ¿Cómo funcionan, por qué y cómo cambian las sociedades?, se pregunta Marx. Su concepción de la historicidad y del movimiento histórico de las sociedades trata de conjugar los modos de producción y las luchas de clases, pero sus estudios del capitalismo son la base de sus afirmaciones, hipótesis y sugerencias acerca de otras sociedades no europeas o anteriores al desarrollo del capitalismo, de las preguntas que se hace acerca de ellas, y de las prevenciones que formula respecto a la ampliación de su teoría a otros ámbitos históricos;

7. su comprensión unitaria de la ciencia social, y su manera de relacionar la ciencia con la conciencia social, la dominación de clase y la dinámica histórica entre ellas, inauguraron una posición teórica que es muy diferente a la especialización, las perspectivas y el canon de «objetividad» de las disciplinas y profesiones que se estaban constituyendo entonces, como la Economía, la Historia y la Sociología. Ese es uno de los sentidos principales de la palabra «crítica», tan usual en los títulos de obras suyas. Marx sentó las bases de la sociología del conocimiento social;

8. Marx es ajeno a la creencia en que la consecuencia feliz de la evolución progresiva de la Humanidad sea el paso ineluctable del capitalismo al socialismo. Esta aclaración es muy necesaria, por dos tipos de razones: a) como ideología de la liberación, la propuesta de Marx era más bien una profecía frente al inmenso poder burgués y lo incipiente de su movimiento. Para reafirmarse y avanzar, los marxistas comenzaron a atribuirse el respaldo de la Historia, de la ciencia y de la propia ideología burguesa del progreso: ellos eran la promesa de que el futuro sería del socialismo; b) en la época de Marx la actividad científica estaba muy ligada al determinismo. Numerosos pasajes suyos sugieren que el modo de producción capitalista contiene rasgos y tendencias que lo llevarán hacia su destrucción, pero eso se debe a cuestiones de método y de exposiciones parciales de su concepción. La misma expresión de «socialismo científico» reúne ideología y ciencia, que se refuerzan mutuamente. Pero Marx siempre postuló de manera explícita que el derrocamiento del capitalismo solo sucedería mediante la revolución proletaria, o revoluciones proletarias, que conquistaran el poder político a escala mundial y establecieran la dictadura revolucionaria de la clase proletaria;[1]

Según Marx, solo a través de un prolongado período histórico de muy profundas transformaciones revolucionarias del que apenas bosquejó algunos rasgos se avanzará desde la abolición de la explotación del trabajo y la apropiación burguesas hacia la abolición del tiempo de trabajo como medida de la economía, la extinción de los sistemas de dominación de clases y los Estados, la desaparición progresiva de toda dominación y la formación de una sociedad comunista de productores libres asociados, nuevas formas de apropiación, nuevas personas y una nueva cultura. El poder público perderá su carácter político, y junto con el antagonismo y la dominación de clase se extinguirán las clases: «surgirá una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos».[2]

El ápice de los movimientos anticapitalistas del siglo xix fue la Comuna de París, en 1871, primera experiencia de un poder proletario. Aunque efímera y aplastada a sangre y fuego, la Comuna dejó un legado sumamente valioso: sus hechos mismos y las enseñanzas que aportaron, una identidad rebelde que al fin tuvo encarnaciones propias, insurrección heroica con democracia participativa, y la «Internacional», una canción que ha alcanzado significado de símbolo a escala mundial. Hasta poco antes las represiones y la negación de ciudadanía plena al pueblo habían sido armas comunes a los príncipes y los políticos liberales europeos, mientras la autonomía local, la democracia, la soberanía popular y las cuestiones de género eran banderas de los socialistas. Pero en 1871 ya estaban en marcha reformas que llevaron a la construcción de un nuevo sistema en los Estados nacionales, con derecho general al voto de los varones, constituciones, Estado de derecho, parlamentos y predominio de la instancia nacional, un nuevo orden que cedió en materia de ciudadanía y representación, y en derechos de organización social y política, en una Europa que desplegaba el imperialismo y renovaba el colonialismo. Los movimientos socialistas encontraron un lugar en ese sistema y el socialismo colaboró así en la elaboración de la hegemonía burguesa reduciéndose progresivamente de antinomia a diversidad dentro del capitalismo.

Partidos de trabajadores y federaciones sindicales que se declaraban socialistas y marxistas alcanzaron éxitos notables dentro de la legalidad que se abrió ya en esa década de 1870, dieron más impulso a sus intereses corporativos y a las luchas por democracia en sus países, y se asociaron en una II Internacional. Pero ellos se alejaron definitivamente de los ideales y la estrategia revolucionaria, y asumieron el reformismo como guía general de su actuación. Estaban escindidos, entre los ritos de su origen y su adecuación al dominio burgués que llegó a hacerlos cómplices del colonialismo, en nombre de la civilización y de la misión mundial del hombre blanco. Su pensamiento también se escindió, entre una «ortodoxia» y un «revisionismo» marxistas, que a pesar de sostener controversias constituían las dos caras de una misma moneda. La gente común que se sentía socialista vivía el activismo sindical o la participación política como formas de obtener mejoras en la calidad de la vida, superación personal y satisfacciones en su pertenencia a un ideal organizado, o admiraba al socialismo como ideal de los trabajadores y los pobres, acicate para adquirir educación y creencia que aseguraba que el progreso llevaría a un mundo futuro sin capitalismo.

III. Socialismo y revoluciones anticapitalistas de liberación

La «bella época» del imperialismo desembocó en la horrorosa guerra mundial de 1914-1918. Pero en 1917 la quebrantada Rusia zarista entró en revolución. El Partido Obrero Socialdemócrata ruso (bolchevique) dirigido por Vladimir I. Lenin y opuesto a la posición de la II Internacional, que había pasado a llamarse Partido Comunista desde abril, logró tomar el poder y convertir aquel proceso en una revolución anticapitalista. El bolchevismo desplegó una gigantesca labor práctica y teórica que transformó o creó numerosas instituciones y relaciones sociales, a favor de los pueblos de la Rusia Soviética (URSS), y multiplicó las capacidades humanas y políticas de millones de personas.

Ese evento histórico afectó profundamente el concepto de socialismo. Las ideas sobre el cambio social y el socialismo fueron puestas a prueba, tanto las previas como las nuevas que surgieron en aquella experiencia. En vez de la creencia en la evolución natural que llevaría del capitalismo al socialismo, y de los debates anteriores acerca del «derrumbe» forzoso del capitalismo a consecuencia de sus propias contradicciones, el bolchevismo puso a discusión la naturaleza del poder obrero, la actualidad de la revolución, los problemas de la organización estatal y partidaria, la política económica, la nueva educación y los nuevos valores, la creación de formas socialistas de vida cotidiana, los rasgos y los problemas fundamentales de la transición socialista, las perspectivas, en fin, del socialismo. El objeto de la teoría marxista se amplió. El campo conceptual y político del socialismo fue sometido a una alternativa, entre la revolución y el reformismo, entre el comunismo y el reformismo socialdemócrata; la separación entre ambas posiciones fue tajante y cada una tendió a negar a la otra.

El impacto y la influencia de la Revolución Bolchevique a escala europea y mundial fueron inmensos. La existencia y los logros de la URSS daban crédito a la posibilidad de alcanzar el socialismo en otros países, elevaron mucho el prestigio y la divulgación de las ideas socialistas y permitieron que las ideas internacionalistas se pusieran en práctica. Después de 1919, la creación y el desarrollo de la Internacional Comunista y su red de organizaciones sociales fueron el vehículo para formar un movimiento comunista que actuó en numerosos lugares del mundo. Se pretendió que una sola forma organizativa y un mismo cuerpo ideológico-teórico fueran compartidos por los revolucionarios anticapitalistas de todo el orbe, y que la línea de la Internacional se tornara determinante en las políticas y los proyectos de cambio en todas partes. Los partidos comunistas que se fueron creando en docenas de países debían ser los agentes principales de esa labor. En escala muy diversa y adecuada a las más disímiles situaciones, la influencia del socialismo soviético estuvo presente en las experiencias de creación de sociedades socialistas a lo largo del siglo XX.

El concepto de socialismo del marxismo originario sufrió adaptaciones a prácticas que fueron más o menos lejanas a sus postulados teóricos por dos razones principales:

1. Para Marx, la revolución anticapitalista y el nuevo régimen previsto debían ser victoriosos a escala mundial, es decir, a la escala alcanzada por el capitalismo. Al no suceder así, ambos tipos de sociedad quedaron como poderes enfrentados en una enemistad mortal. Pero en el interior de los regímenes de transición socialista estuvieron presentes cada vez más instrumentos, relaciones, formas de reproducción de la vida social y de dominación del capitalismo; y

2. el predominio de intereses parciales y la apropiación del poder por ciertos grupos en esas sociedades en transición, con la consiguiente expropiación de los medios revolucionarios, la participación democrática y la libertad necesarias para la formación de personas y relaciones socialistas.

El proceso de la transición socialista debía ser diferente y opuesto al capitalismo y no solo opuesto a él, y sobre todo debía ser un conjunto y una sucesión de creaciones culturales superiores, obra de contingentes cada vez más numerosos, más conscientes y más capaces de dirigir los procesos sociales. En vez de esto sucedió una historia de deformaciones, detenciones, retrocesos e incluso desafueros. Durante ese proceso el socialismo fue relacionado a necesidades e intereses del poder en la URSS «el socialismo en un solo país», convertido en sinónimo de metas civilizadoras o demagógicas «construcción del socialismo», «régimen social superior», referido a una competencia entre superpotencias «alcanzar y superar», e incluso llegó a ser un apelativo de consuelo: «el socialismo real». En 1965, Ernesto Che Guevara escribió en un texto clásico acerca del socialismo: «[…] el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento sistemático del período».[3] La gran experiencia de la URSS y de otros países de Europa degeneró en un bloque de poder que asfixiaba a sus propias sociedades y participaba en la geopolítica de una época. Después de sufrir procesos de corrosión paulatina, finalmente aquel socialismo de las fuerzas productivas y la dominación de grupos fue vencido por las fuerzas productivas y por la cultura del capitalismo. La caída de esos regímenes, tan súbita como indecorosa, le infligió un daño inmenso al prestigio del socialismo en todo el mundo.

Sería un grave error, sin embargo, reducir la historia del concepto y las experiencias del socialismo al ámbito de aquellos poderes europeos. En la propia Europa la cuestión del socialismo registró numerosas experiencias y aportes intelectuales, algunos de estos como los de Antonio Gramsci han sido muy trascendentes para la teoría. En América Latina y el Caribe, las necesidades y las ideas relacionaron a la libertad y el anticolonialismo con la justicia social, desde los primeros movimientos autóctonos. La cuestión social fue pensada por radicales durante las gestas independentistas y en las nuevas repúblicas; el socialismo, como otras concepciones, fue valorado sobre todo en relación con los objetivos y las posiciones que se defendían o promovían. El caso de José Martí (1853-1895) es paradigmático. El cubano fue a mi juicio el pensador y el político más subversivo de su tiempo en América, respecto al colonialismo, a las clases dominantes del continente y al naciente imperialismo norteamericano. Martí conoció ideas marxianas y anarquistas, y admiró a Marx y a los luchadores obreros de Estados Unidos, pero fijó su distancia política e ideológica respecto a ellos. Su lucha y su proyecto eran de liberación nacional, una guerra revolucionaria para conseguir la formación de nuevas capacidades en un pueblo colonizado y la creación de una república democrática en Cuba, la detención del expansionismo norteamericano en el Caribe y el inicio de un nuevo ciclo revolucionario que cambiara el sistema vigente entonces en las repúblicas latinoamericanas.

Hace más de un siglo que las ideas socialistas existen en América y organizaciones que las proclaman o tratan efectivamente de realizarlas. Una gran corriente ha sido la que se inscribió, fue fundada o influida por la Internacional Comunista, y sus sucesores en ese movimiento. Otras han sido las de pensadores y organizaciones, muy diversos entre sí, pero identificables por su inspiración en los problemas, las identidades y las situaciones latinoamericanas, que han debido ser antimperialistas para lograr ser anticapitalistas y socialistas; entre sus líderes ha habido personas extraordinarias como Augusto César Sandino y Antonio Guiteras.[4] El socialismo sigue vivo en el pensamiento latinoamericano actual que es tan vigoroso, y en movimientos sociales y políticos cuya capacidad de proyecto acompaña a su actividad cotidiana.

La historia del concepto de socialismo en Asia y África ha estado ligada al desarrollo de las revoluciones de liberación nacional y social, y a la emergencia y afirmación de Estados independientes. Han sido muy valiosos los aportes de China y Vietnam, pero también los de Corea, los luchadores de las colonias portuguesas y Argelia, y otros africanos y asiáticos. En África cierto número de Estados se calificaron socialistas en las primeras décadas de su existencia como tales, y también movimientos políticos que deseaban unir la justicia social a la búsqueda de la liberación nacional.

IV. Experiencias y deber ser, poder y proyecto, concepto de transición socialista

La historia de las experiencias de socialismo en el siglo XX ha sido satanizada en los últimos quince años, y tiende a ser olvidada. Es vital impedir esto, si se quiere comprender y utilizar el concepto, pero sobre todo para examinar mejor las opciones que tiene la humanidad ante los graves peligros, miserias y dificultades que la agobian actualmente. El balance crítico de las experiencias socialistas que ha habido y existen es un ejercicio indispensable para manejar el concepto de socialismo. Contribuyo a ese examen con algunas proposiciones.

Poderes que aspiraban al socialismo organizaron y desarrollaron economías diferentes a las del capitalismo basadas en su origen en satisfacer las necesidades humanas y la justicia social; los Estados las articularon con muy amplias políticas sociales y con cierto grado de planeamiento. Pueblos enteros se movilizaron en la defensa y el despliegue de esas sociedades lo cual aumentó sus capacidades, la calidad de la vida y la condición humana. Esas experiencias y las luchas de liberación y anticapitalistas involucraron a cientos de millones de personas; ellas, y la acumulación cultural que han producido, constituyen el evento social más trascendente del siglo xx. Pero a pesar de sus enormes logros, los poderes socialistas acumularon descalabros y graves faltas en cuanto a elaborar un tipo propio de democracia y enfrentar los problemas de su tipo de dominación, no le dieron cada vez más espacio y poder a la sociedad, y en síntesis se mostraron incapaces de echar las bases de una nueva cultura, de liberación humana y social. La victoria del capitalismo frente a este socialismo ha sido reabsorberlo a mediano o largo plazo, lo cual forma parte de su extraordinaria cualidad de absorber los movimientos y las ideas de rebeldía dentro de su corriente principal. Pese a ser esta la línea general, Cuba, un pequeño país de Occidente, ha logrado mantener su tipo de transición socialista durante casi medio siglo.

Al hablarse de socialismo aparece de inmediato la necesidad de distinguir entre las propuestas y su deber ser, por una parte, y las formas concretas en que ha existido y existe en países y regiones a partir de las luchas de liberación y los cambios profundos en las sociedades que han emprendido transiciones socialistas. Las ideas, la prefiguración, los ideales, la profecía, el proyecto, constituyen el fundamento, el alma y la razón de ser del socialismo y brindan las metas que inspiran a sus seguidores. Las experiencias son, sin embargo, la materia misma de la lucha y la esperanza; mediante ellas avanza o no el socialismo, y por ellas suele ser medido.

Esa distinción es básica, pero no es la única importante. En cuanto se aborda una experiencia socialista, se encuentran dos problemas. Uno es interno al país en cuestión: cómo son allí las relaciones entre el poder que existe y el proyecto enunciado; y el otro es externo: se refiere a las relaciones entre aquel país en transición socialista y el resto del mundo. En la realidad ambos problemas están muy relacionados: las prácticas que se tengan en cuanto a cada uno de ellos afectan al otro, y en alguna medida lo condicionan.

Las cuestiones planteadas por las experiencias socialistas no existen separadas, ni en estado «puro». Hay que enfrentarlas todas a la vez, o están mezcladas o combinadas, ayudándose, estorbándose o confrontándose, exigiendo esfuerzos o sugiriendo olvidos y posposiciones que pueden ser fatales. Sus realidades propias, y cierto número de situaciones y sucesos ajenos, condicionan cada proceso. Enumero algunas cuestiones centrales. Cada transición socialista debe conseguir cambios «civilizatorios» a escala de su población, no de una parte de ella, y debatirse entre ese deber y el complejo formado por los recursos con que cuenta; pero a la vez se debatirá con la exigencia de cambios de liberación que debe ir conquistando, o todo el proceso se desnaturalizaría. Las correlaciones entre los grados de libertad que tiene y las necesidades que la obligan son cruciales porque la creación del socialismo depende básicamente del desarrollo de la actividad calificada que sea superior a las necesidades y constricciones. Cómo combinar cambios y permanencias, relaciones sociales e ideologías que vienen del capitalismo y que son muy capaces de rehacer o generar capitalismo con otras que están destinadas a formar personas diferentes, nuevas, y a producir una sociedad y una cultura nuevas. Cómo aprovechar, estimular o modificar las motivaciones y actitudes de los individuos que son los que pueden hacer realidad el socialismo, cuando el poder socialista es tan abarcador en la economía, la política, la formación y reproducción ideológica y la vida cotidiana de las personas, y tiende a hacerse permanente. Cómo lograr que prevalezca el proyecto sobre el poder, cuando este suma a los ámbitos referidos la defensa del país frente al imperialismo y los enemigos internos. Hacer que prevalezca el internacionalismo sobre la razón de Estado. Y quedan aún muchos dilemas y problemas.

Es necesario que el pensamiento se ocupe de los problemas centrales, como los citados y otros, porque él debe cumplir una función crucial en la realización práctica del socialismo. No hay retórica en esta afirmación, es que para toda la época de la transición socialista el factor subjetivo está obligado a ser determinante, y para ello debe desarrollarse y ser muy creador. Algunas cuestiones teóricas más generales, ligadas a los problemas que cité arriba, resultan de utilidad permanente en el trabajo con este concepto. También poseen ese valor proposiciones estratégicas del marxismo originario, como la de la necesidad de la revolución a escala mundial frente al ámbito nacional de cada experiencia socialista y frente a un capitalismo que ha sido cada vez más profundamente mundializado, o el problema de decidir qué es lo fundamental a desarrollar en las sociedades que emprenden el camino de creación del socialismo.

Paso a exponer mi concepto de transición socialista, que intenta precisar y hacer más útil para el trabajo intelectual el concepto de socialismo.[5] La transición socialista es la época consistente en cambios profundos y sucesivos de las relaciones e instituciones sociales, y de los seres humanos, que se van cambiando a sí mismos mientras se van adueñando de las relaciones sociales. Es muy prolongada en el tiempo, y sucede a escala de formaciones sociales nacionales. Es ante todo un poder político e ideológico para realizar el proyecto revolucionario de elevar a la sociedad toda y a cada uno de sus miembros por encima de las condiciones existentes, y no para adecuarse a ellas. El socialismo no surge de la evolución progresiva del capitalismo; este ha sido creador de premisas económicas, de individualización, ideales, sistemas políticos e ideológicos democráticos, que han permitido postular el comunismo y el socialismo. Pero de su evolución solo surge más capitalismo. El socialismo es una opción, y existirá a partir de la voluntad y de la acción que sean capaces de crear nuevas realidades. Es el ejercicio de comportamientos públicos y no públicos de masas organizadas que toman el camino de su liberación total.

La práctica revolucionaria de los individuos de las clases explotadas y dominadas, ahora en el poder, y de sus organizaciones, debe ser idónea para trastornar profundamente las funciones y resultados sociales que hasta aquí ha tenido la actividad humana en la historia. En este proceso debe predominar la tendencia a que cada vez más personas conozcan y dirijan efectivamente los procesos sociales, y sea real y eficaz la participación política de la población. Sin esas condiciones el proceso perdería su naturaleza, y sería imposible que culmine en socialismo y comunismo.

La transición socialista es un proceso de violentaciones sucesivas de las condiciones de la economía, la política, la ideología, lo más radical que le sea posible a la acción consciente y organizada, si ella es capaz de volverse cada vez más masiva y profunda. No se trata de una utopía para mañana mismo, sino de una larguísima transición. Su objetivo final debe servir de guía y de juez de la procedencia de cada táctica y cada política, dado que estas son las que especifican, concretan, sujetan a modos y etapas las situaciones que afectan y mueven a los individuos, las instituciones y sus relaciones. Por tanto, no basta con eficiencia o utilidad para ser procedente: es obligatorio sujetarse a principios y a una ética nueva, socialista. Sus etapas se identifican por el grado y profundidad en que se enfrentan las contradicciones centrales del nuevo régimen, que son las existentes entre los vínculos de solidaridad y el nuevo modo de producción y de vida, por un lado, y por otro las relaciones de enfrentamiento, de mercado y de dominio.

La transición socialista debe partir hacia el comunismo desde el primer día, aunque sus actores consuman sus vidas apenas en las primeras etapas. Se beneficia de un gran avance internacional: la conciencia y las acciones que sus protagonistas consideran posibles son superiores a las que podría generar la reproducción de la vida social a escala del desarrollo existente en sus países. Es un grave error esperar que el supuesto «desarrollo de una base técnico-material», a un grado inciertamente cuantificable, permita «construir» el socialismo, y por tanto creer que el socialismo pueda ser una locomotora económica que arrastre tras de sí a los vagones de la sociedad. El socialismo es un cambio cultural.

(...) Desatar una y otra vez las fuerzas reales y potenciales de las mayorías es la función más alta de las vanguardias sociales, que van preparando así su desaparición como tales. El predominio del proyecto sobre el poder es la brújula de ese proceso de creaciones, que debe ser capaz de revolucionar sucesivamente sus propias relaciones e invenciones, a la vez que hace permanentes los cambios y los va convirtiendo en hábitos. Todo el proceso depende de hacer masivos la conciencia, la organización, el poder y la generación de cambios: el socialismo no puede crearse espontáneamente, ni puede donarse.

El concepto de transición socialista está referido más al movimiento histórico, mientras el de socialismo resulta más «fijo»; entiendo que eso le brinda indudables ventajas para el análisis teórico y para el acompañamiento a las experiencias. Además, el ámbito de la transición socialista abarca toda la época entre el capitalismo y el comunismo, por lo que facilita la recuperación de este último concepto. Socialismo es ciertamente una noción más inclusiva que comunismo, lo cual ha facilitado que pueda pensarse desde él un arco muy amplio de situaciones y posibilidades no capitalistas. Pero al ser su sentido verdadero la creación de una sociedad cuya base y despliegue son opuestos y diferentes al capitalismo, el socialismo necesita de la noción de comunismo por dos razones. Una, la dimensión más trascendente, el objetivo la utopía, incluso de las ideas y los movimientos socialistas es el comunismo, una propuesta que no está atada a la coyuntura, la táctica, la estrategia de cada caso y momento, pero sirve para discernir actitudes y fijar el rumbo. La segunda, el referente comunista es útil para la recuperación de la memoria histórica de más de siglo y medio de ideas, sentimientos y acciones revolucionarias, y también lo es para pensar desde otro punto de partida ético y epistemológico los grandes temas de la transición socialista.

V. Dos concepciones del socialismo

Entre tantos problemas que porta el concepto de socialismo, he seleccionado solo algunos para esta exposición.

La vertiente interpretativa del marxismo originario que privilegió la determinación de los procesos sociales por la dimensión económica fue la más influyente a lo largo de las experiencias socialistas del siglo XX. Entre sus corolarios teóricos fueron centrales los de la «obligada correspondencia entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción», la cuantificación «técnico-material» de las bases de la «construcción del socialismo» y la supuesta ley de «satisfacción creciente de las necesidades». La llamada Economía Política del Socialismo llegó a codificar en un verdadero catecismo estos y otros preceptos de mayor o menor generalidad. Pero el tema del desarrollo, que floreció y tuvo un gran auge en el tercer cuarto del siglo XX, replanteó el asunto al pensar la relación entre socialismo y desarrollo desde la situación y los problemas de los países que se liberaban en el llamado Tercer Mundo.

Entre polémicas y aportes, se avanzó en el conocimiento del formidable obstáculo al desarrollo constituido por el sistema imperialista mundial, el neocolonialismo y el llamado subdesarrollo. En cuanto a la relación desarrollo-socialismo, la concepción que aplicaba los principios citados entendió que el primero debía preceder al segundo, es decir, que el desarrollo de la «base económica» sería la base del socialismo. Fidel Castro y Che Guevara estuvieron entre los opuestos a esas ideas, desde la experiencia cubana y como parte de una concepción de la revolución socialista que articulaba la lucha en cada país, la especificidad del Tercer Mundo y el carácter mundial e internacionalista del proceso.[6] Guevara desarrolló un análisis crítico del socialismo de la URSS y su campo, y de su producción teórica, como parte de una posición teórica socialista basada en una filosofía marxista de la praxis, y en experiencias en curso.[7]

Ha habido dos maneras diferentes de entender el socialismo en el mundo del siglo xx. Ellas han estado muy relacionadas entre sí, han solido reclamarse del mismo origen teórico, y no han sido excluyentes. Expongo, sin embargo, los rasgos principales que permiten afirmar que se trata de dos entidades distintas.

La primera es un socialismo que pretende cambiar totalmente el sistema de relaciones económicas, mediante la racionalización de los procesos de producción y de trabajo, la eliminación del lucro, el crecimiento sostenido de las riquezas y la satisfacción creciente de las necesidades de la población. Se propone eliminar el carácter contradictorio del progreso, cumplir el sentido de la historia, consumar la obra de la civilización y el ideal de la modernidad. Su material cultural previo han sido tres siglos de pensamiento avanzado europeo, que aportaron los conceptos, las ideas acerca de las instituciones guardianas de la libertad y la equidad, y la fuente de creencias cívicas de Occidente. Este socialismo propone consumar la promesa incumplida de la modernidad, introduciendo la justicia social y la armonía universal. Para lograrse, necesita un gran desarrollo económico y una gran liberación de los trabajadores, hasta el punto en que la economía deje de ser medida por el tiempo de trabajo. Bajo este socialismo la democracia sería puesta en práctica a un grado muy superior a lo logrado por el capitalismo, aun por sus proyectos más radicales. Libertades individuales completas, garantizadas, instituciones intermedias, contrapesos, control ciudadano, extinción progresiva de los poderes. En una palabra, toda la democracia y toda la propuesta comunista de una asociación de productores libres. Su presupuesto es que al capitalismo no le es posible racionalmente la realización de aquellos fines tan altos: solo el socialismo puede hacerlos realidad.

La otra manera de entender el socialismo ha sido la de conquistar en un país la liberación nacional y social, derrocando al poder establecido y creando un nuevo poder, ponerle fin al régimen de explotación capitalista y su sistema de propiedad, eliminar la opresión y abatir la miseria, y efectuar una gran redistribución de las riquezas y de la justicia. Sus prácticas tienen otros puntos de partida. Sus logros fundamentales son el respeto a la integridad y la dignidad humana, la garantía de alimentación, servicios de salud y educación, empleo y demás condiciones de una calidad de la vida decente para todos, y la implantación de la prioridad de los derechos de las mayorías y de las premisas de la igualdad efectiva de las personas, más allá de su ubicación social, género, raza y edad. Garantiza su orden social y cierto grado de desarrollo económico y social mediante un poder muy fuerte y una organización revolucionaria al servicio de la causa, honestidad administrativa, centralización de los recursos y su asignación a los fines económicos y sociales seleccionados o urgentes, búsqueda de relaciones económicas internacionales menos injustas y planes de desarrollo.

Este socialismo debe recorrer un duro y largo camino en cuanto a garantizar la satisfacción de necesidades básicas, la resistencia eficaz frente a sus enemigos y a las agresiones y atractivos del capitalismo, y enfrentar las graves insuficiencias emergentes del llamado subdesarrollo y de los defectos de su propio régimen. Al mismo tiempo que realiza todas esas tareas y no después debe fundar instituciones y cultura democráticas, y un estado de derecho. En realidad está obligado a crear una nueva cultura diferente y opuesta a la del capitalismo.

En el ambiente del primer socialismo se privilegia la significación burguesa del Estado, la nación y el nacionalismo: se les condena como instituciones de la dominación y la manipulación. En el ambiente del segundo, la liberación nacional y la plena soberanía tienen un peso crucial porque la acción y el pensamiento socialistas han debido derrotar al binomio dominante nativo-extranjero, liberar las relaciones y las subjetividades de sus colonizaciones, y arrebatarle a la burguesía el control del nacionalismo y el patriotismo. Para el segundo socialismo es vital combinar con éxito las ansias de justicia social con las de libertad y autodeterminación nacional. El poder del Estado le es indispensable, sus funciones aumentan fuertemente y su imagen crece mucho, a veces hasta grados desmesurados. Las profundas diferencias existentes entre el socialismo elaborado en regiones del mundo desarrollado y el producido en el mundo al que avasalló la expansión mundial del capitalismo han conducido durante el siglo XX a grandes desaciertos teóricos y políticos, y a graves desencuentros prácticos.

La explotación del trabajo asalariado y la misión del proletariado tienen lugares prioritarios en la ideología del primer socialismo; para el segundo, lo central son las reivindicaciones de todos los oprimidos, explotados, marginados o humillados. Este es otro lugar de tensiones ideológicas, contradicciones y conflictos políticos entre las dos vertientes, en la comprensión del socialismo y en establecer sus campos de influencia, con una larga historia de confusiones, dogmatismos, adaptaciones e híbridos. Sin embargo, las construcciones intelectuales influidas por la centralidad de la explotación capitalista y de la actuación proletaria han contribuido sensiblemente a la asunción del necesario carácter anticapitalista de las luchas de las clases oprimidas en gran parte del mundo colonizado y neocolonizado. Pero para el segundo modo de socialismo, el cambio profundo de las vidas de las mayorías es lo fundamental, y no puede esperar, cualquiera que sea el criterio que se tenga sobre las estructuras sociales y los procedimientos utilizados para transformarlas, o los debates que con toda razón se produzcan acerca de los riesgos implicados en cada posición. Y esto es así, porque la fuerza de este tipo de revolución socialista no está en una racionalidad que se cumple, sino en potenciales humanos que se desatan.

La libertad social pongo el acento en «social» es priorizada en este socialismo, como una conquista obtenida por los propios participantes, más que las libertades individuales y la trama lograda de un estado de derecho. Es una libertad que se goza, o que le hace exigencias a su propio poder revolucionario en los planos sociales, y es la que genera mejores autovaloraciones y más expectativas ciudadanas. La legitimidad del poder está ligada a su origen revolucionario, a un gran pacto social de redistribución de las riquezas y las oportunidades que está en la base de la vida política, y a las capacidades que demuestre ese poder en campos diversos, como son encarnar el espíritu libertario que se ha dejado encuadrar por él, guiarse por la ética revolucionaria y por principios de equidad en el ejercicio del gobierno, mantener el rumbo y defender el proyecto.

El segundo modo de socialismo no puede despreciar el esfuerzo civilizatorio como un objetivo que sería inferior a su proyecto liberador. Debe proporcionar alimentación, ropa, zapatos, paz, empleo, atención de salud e instrucción sin discriminar a nadie, pero enseguida todos quieren leer diarios, y hasta libros, y en cuanto se enteran de que existe la internet, quieren navegar en ella. Se levantan formidables contradicciones ligadas íntimamente al propio desarrollo de esta sociedad. Cito solo algunas. La disciplina capitalista del trabajo es abominada mucho antes de que una cultura productiva y una alta conciencia del papel social del trabajo puedan sustituirla. La humanización del trabajo y el auge de la calificación de las mayorías no son respaldadas suficientemente por los niveles técnicos y tecnologías con que se cuenta. Los frutos del trabajo empleado, el tesón y sacrificios conscientes y el uso planeado de recursos pueden reducirse mucho por las inmensas desventajas del país en las relaciones económicas internacionales. Los individuos son impactados en sus subjetividades por un mundo de modernizaciones que cambia sus valores, necesidades y deseos, y se dedican conscientemente a labores cuya retribución personal es más bien indirecta y de origen impersonal.

El sistema puede aparecer frente a ellos entonces como un poder externo, dispensador de beneficios y dueño del timón de la sociedad, que conduce con benévolo arbitrio. Porque la cultura «moderna» implica también individualismo exacerbado, y cada uno debe vivir en soledad la competencia, los premios o castigos, el interés y el afán de lucro, el éxito o el fracaso. La mundialización del incremento de las expectativas entre otras tendencias homogeneizadoras sin bases reales suficientes, que no puedo tratar aquí es muy rápida hoy, y suele constituir un arma de la guerra cultural mundial imperialista.

La transición socialista de los países pobres devela pues lo que a primera vista parecería una paradoja: el socialismo que está a su alcance y el proyecto que pretende realizar están obligados a ir mucho más allá que el cumplimiento de los ideales de la razón y la modernidad, y de entrada deben moverse en otro terreno. Su camino exige negar que la nueva sociedad sea el resultado de la evolución del capitalismo, negar la ilusión de que la sola expropiación de los instrumentos del capitalismo permitirá construir una sociedad que lo «supere» y negarse a «cumplir etapas intermedias» supuestamente «anteriores» al socialismo. Es decir, a este socialismo le es ineludible trabajar por la creación de una nueva concepción de la vida y del mundo, al mismo tiempo que se empeña en cumplir con sus prácticas más inmediatas.

VI. Necesidades y problemas actuales de la creación del socialismo

Y entonces aparece también otra cuestión principal. Del mismo modo que todas las revoluciones anticapitalistas triunfantes desde fines de los años 40 del siglo XX sucedieron en el llamado Tercer Mundo, es decir, fuera de los países con mayor desarrollo económico sin hacer caso de la doctrina que postulaba lo contrario, el socialismo factible no depende de la evolución progresiva del crecimiento de las fuerzas productivas, su «correspondencia con las relaciones de producción» y un desarrollo social que sea consecuencia del económico, sino de un cambio radical de perspectiva.

La transición socialista se enfrenta aquí a un doble enemigo. Uno es la persistencia de relaciones mercantiles a escala internacional y nacional, que tiende a perpetuar los papeles de las naciones y los individuos basados en el lucro, la ventaja, el egoísmo y el individualismo, y sus consensos sociales acerca de la economía, el dinero, el consumo y el poder. El otro es la insuficiencia de capacidades de las personas, relaciones e instituciones, resultante de la sociedad preexistente, para realizar las grandes y complejas tareas necesarias. El subdesarrollo tiende a producir un socialismo subdesarrollado; el mercantilismo, un socialismo mercantilizado. Las combinaciones de ambos son capaces de producir frutos peores. Es forzoso que en este tipo de transición socialista las «leyes de la economía» no sean determinantes; al contrario, la dimensión económica debe ser gobernada por el poder revolucionario, y este debe ser una conjunción de fuerzas sociales y políticas unificadas por un proyecto de liberación humana.

Es preciso calificar desde esa perspectiva los factores necesarios para emprender la transición socialista y avanzar en ella, y manejarlos de manera apropiada. Brindo ejemplos. Derribar los límites de lo posible resulta un factor fundamental, y que se torne un fenómeno masivo la confianza en que no existen límites para la acción transformadora consciente y organizada. Dentro de lo posible se consiguen modernizaciones, pero la transición que se conforma con ellas solo obtiene al final modernizaciones de la dominación y nuevas integraciones al capitalismo mundial. Los procesos educativos tampoco se pueden «corresponder» con el nivel de la economía: deben ser, precisamente, muy superiores a ella y muy creativos. Esta educación socialista no se propone formar individuos para obedecer a un sistema de dominación e interiorizar sus valores; al contrario, debe ser un territorio antiautoritario a la vez que un vehículo de asunción de capacidades y de concientización, una educación que está obligada a ser superior a las condiciones de reproducción de la sociedad, precisamente porque debe ser creadora de nuevas fuerzas para avanzar más lejos en el proceso de liberación.

Sintetizo preguntas sobre cuestiones principales: ¿el desarrollo económico es un presupuesto del socialismo, o el socialismo es un presupuesto de lo que hasta ahora hemos llamado desarrollo económico? ¿Qué objetivos puede y debe tener realmente la «economía» de los regímenes de transición socialista? ¿Qué crítica socialista del desarrollo económico es necesaria en este siglo XXI? ¿Cómo puede ser manejada con efectividad la conflictividad de las relaciones con los recursos y el medio natural por una posición ambientalista socialista? En otro campo de preguntas: ¿a través de la profundización de la democracia se marcha hacia el socialismo, o a través del crecimiento del socialismo se marcha hacia la profundización de la democracia? ¿Cómo pasar de la dictadura revolucionaria que abre caminos a la liberación humana, a formas cada vez más democráticas que con sus nuevos contenidos y procedimientos aseguren la preservación, continuidad y profundización de aquellos caminos? ¿Cómo evitar que el subdesarrollo, las relaciones mercantiles, el burocratismo, los enemigos externos, tejan la red en la cual el proceso sea atrapado y desmontado? ¿Cómo lograr y asegurar que la transición socialista incluya sucesivas revoluciones en la revolución?

No quisiera terminar sin expresar mi posición, a la vez que reconocer la difícil situación en que se encuentra el ideal socialista, y por tanto su concepto, en la coyuntura actual. La palabra socialismo se utiliza poco, incluso en medios sociales avanzados; algunos prefieren aludir a su contenido sin mencionarla expresamente, sobre todo cuando quieren ser persuasivos. Una pregunta pertinente es: ¿qué tiene que ver hoy el socialismo con nosotros? Opino que la única alternativa práctica, realmente existente, al capitalismo es el socialismo, y no la desaparición o el «mejoramiento» de lo que llaman globalización, que suele ser una vaga referencia al grado en que el capitalismo trasnacional y de dinero parasitario ejerce su dominación en el mundo contemporáneo. Tampoco considero una alternativa suficiente el fin del neoliberalismo, palabra que hoy sirve para describir determinadas políticas y la principal forma ideológica que adopta el gran capitalismo. Esos conceptos no son inocentes, el lenguaje nunca lo es. Cuando se acepta que «la globalización es inevitable» se está ayudando a escamotear la conciencia de las formas actuales de la explotación y la dominación imperialista, es decir, el punto a que ha llegado en su larga historia de mundializaciones, en una gama de modalidades que va del pillaje abierto a los dominios sutiles. A la vez, se da categoría de fenómeno natural a una despiadada forma histórica de aplastar a las mayorías, como si se tratara del clima.

En su guerra cultural mundial, el capitalismo intenta imponerle a todos incluidos sus críticos un lenguaje que condena a los pensamientos posibles a permanecer bajo su dominación. El rechazo al neoliberalismo expresa un avance muy importante de la conciencia social, y puede ser una instancia unificadora para acciones sociales y políticas. Pero el capitalismo es mucho más abarcador que el neoliberalismo: incluye todas las ventajas «no liberales» que obtiene de su sistema de expoliación y opresión económica, sus poderes sobre el Estado, la política, la información y la formación de opinión pública, la escuela, el neocolonialismo, sus instrumentos internacionales, su legalidad y su terrorismo, la corrupción y la «lucha» contra ella, etcétera. Es por su propia naturaleza que este sistema resulta funesto para la mayoría de la población del planeta y para el planeta mismo, y no por sus supuestas aberraciones, una malformación que puede ser extirpada o un error que pueda enmendarse.

El capitalismo ha llegado a un momento de su desarrollo en que ha desplegado todas sus capacidades con un alcance mundial, pero su esencia sigue siendo la obtención de la ganancia y el afán de lucro, la dominación, explotación, opresión, marginalización o exclusión de la mayoría de las personas, la conversión de todo en mercancía, la depredación del medio, la guerra y todas las formas de violencia que le sirven para imponerse, o para dividir y contraponer a los dominados entre sí. Lo más grave es el carácter parasitario de su tipo de expansión, centralización y dominación económica actual, y el dominio de Estados Unidos sobre el sistema. Ellos están cerrando las oportunidades a la competencia y la iniciativa que eran inherentes al capitalismo, a su capacidad de emplear a las personas; están vaciando de contenido su democracia y liquidando su propio neocolonialismo. Le cierran las oportunidades de satisfacer sus necesidades básicas a más de la cuarta parte de la población mundial, y a la mayoría de los países el ejercicio de su soberanía plena, de vida económica y social propia y de proyectos nacionales.

Es cierto que en la etapa reciente las luchas populares han sufrido numerosos descalabros en el mundo, y el capitalismo ha parecido más poderoso que nunca, aunque en realidad porta grandes debilidades y está acumulando elementos en su contra. El mayor potencial adverso a la dominación es la enorme cultura acumulada de experiencias de contiendas sociales y políticas y de avances obtenidos por la Humanidad, cultura de resistencias y rebeldías que fomenta identidades, ideas y conciencia, y deja planteadas inconformidades y exigencias formidables y urgentes. Todo eso favorece la opción de sentir, necesitar, pensar y luchar por avances y creaciones nuevas. Los principales enemigos internos de las experiencias fallidas de transición socialista han sido la incapacidad de ir formando campos culturales propios, diferentes, opuestos y superiores a la cultura del capitalismo y no solamente opuestos, y la recaída progresiva de esas experiencias en modos capitalistas de reproducción de la vida social y la dominación.

Mientras, el sistema desplegó su paradoja: lograr un colosal y muy cautivador dominio cultural, y al mismo tiempo ser cada vez más centralizado y más excluyente, producir monstruosidades y monstruos, ahogar sus propios ideales en un mar de sangre y lodo, y perder su capacidad de promesa, que fue tan atractiva. Por eso trata hoy de consumar el escamoteo de todo ideal y toda trascendencia, y reducir los tiempos al presente, sin pasado ni futuro, para impedirnos recuperar la memoria y formular los nuevos proyectos, esas dos poderosas armas nuestras.

Solo podrá salvar a la humanidad la eliminación de ese poder, y un trabajo creador, abarcador y muy prolongado contra la pervivencia de su naturaleza. La única propuesta capaz de impulsar tareas tan ineludibles y prodigiosas es el socialismo.

Pero esta afirmación del socialismo es una postulación, que debe enfrentarse a un fuerte grupo de preguntas y desafíos. El socialismo ¿es una opción realizable, es viable? ¿Puede vivir y persistir en países o regiones del mundo, sin controlar los centros económicos del mundo? ¿Es un régimen político y de propiedad, y una forma de distribución de riquezas, o está obligado a desarrollar una nueva cultura, diferente, opuesta y más humana que la cultura del capitalismo? Por su historia, ¿no está incluido también el socialismo en el fracaso de las ideas y las prácticas «modernas» que se propusieron perfeccionar a las sociedades y las personas? No hay que olvidar ni disimular ninguno de esos desafíos, precisamente para darle un suelo firme a la idea socialista, sacar provecho a sus experiencias y tener más posibilidades de realizarla.

Notas

[1] «[…] la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que la derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases» (Carlos Marx y Federico Engels: La ideología alemana, La Habana, Edición Revolucionaria, 1966, p. 78).

[2] C. Marx y F. Engels: Manifiesto Comunista (1848), ver palabras finales del capítulo II.

[3] Ernesto Che Guevara: «El socialismo y el hombre en Cuba», Obras 1957-1967, t. II, La Habana, Casa de las Américas, 1970, p. 377. [4] Como ilustración, un fragmento de José Carlos Mariátegui (1894-1930): «El socialismo no es, ciertamente, una doctrina indoamericana. Pero ninguna doctrina, ningún sistema contemporáneo lo es, ni puede serlo. Y el socialismo, aunque haya nacido en Europa, como el capitalismo, no es tampoco específico ni particularmente europeo. Es un movimiento mundial […]. No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva»; en «Aniversario y balance», Amauta, Lima, 1928; III (17): septiembre.

[5] Selecciono aquí elementos que me parecen principales, pero forzosamente resultan parciales respecto a una argumentación que vengo elaborando desde hace tres décadas. Puesto a escoger una referencia, sugiero ver F. Martínez Heredia: «Transición socialista y cultura: problemas actuales», en Casa de las Américas, La Habana, 1990; XXX (178): 22-31, ene.-mar. (reproducido también en En el horno de los noventa, Buenos Aires, Ediciones Barbarroja, 1999, pp. 182-194; En el horno de los noventa, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2005, pp. 247-262; y Socialismo, liberación y democracia, Melbourne, Ocean Sur/Ocean Press, 2006, pp. 227-242).

[6] «Marx concibió el socialismo como resultado del desarrollo. Hoy para el mundo subdesarrollado el socialismo ya es incluso condición del desarrollo. Porque si no se aplica el método socialista poner todos los recursos naturales y humanos del país al servicio del país, encaminar esos recursos en la dirección necesaria para lograr los objetivos sociales que se persiguen, si no se hace eso, ningún país saldrá del subdesarrollo»; en Fidel Castro: «Hoy, para el mundo subdesarrollado, el socialismo es una condición de desarrollo», Pensamiento Crítico, La Habana, 1970; 36: 133-184, enero.

«No puede existir el socialismo si en las conciencias no se opera un cambio que provoque una nueva actitud fraterna frente a la humanidad, tanto de índole individual, en la sociedad en que se construye o está construido el socialismo, como de índole mundial en relación a todos los pueblos que sufren la opresión imperialista […]. El desarrollo de los subdesarrollados debe costar a los países socialistas; de acuerdo, pero también deben ponerse en tensión las fuerzas de los países subdesarrollados y tomar firmemente la ruta de la construcción de una sociedad nueva»; en: Ernesto Che Guevara: «Discurso en Argel» [Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, 24 de febrero de 1965], ob. cit. (en n. 3), pp. 572-583.

[7] En los últimos años se ha publicado mayor cantidad de textos del Che. Llamo la atención sobre una obra reciente de gran valor, Ernesto Che Guevara: Apuntes críticos a la Economía Política, La Habana, Centro de Estudios Che Guevara/Editorial de Ciencias Sociales/Ocean Press, 2006.

tomado de Ruth. Cuadernos de pensamiento crítico

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Elogio de la locura

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por Graziella Pogolotti

El mercado deslumbra, aureolado por la filosofía del éxito. Arrastra al autor por ferias y universidades, lo somete al bombardeo de los periodistas, lo entrega a la crítica tarifada



"Yo sé quien soy", afirmaba Alonso Quijano cuando, en su primera escapatoria frustrada, estaba empezando a convertirse en don Quijote de la Mancha. Nacía en aquel momento el primer sujeto escindido de la historia literaria. Tenía dos nombres, el registrado en la iglesia parroquial, y el otro, de su propia invención, construido a imagen y semejanza de un proyecto de vida. Sus antagonistas, siluetas traslúcidas, sobreviven en la memoria con la etiqueta de la función social que desempeñaron —el cura, el barbero, el bachiller—, representantes del saber y del poder constituidos. Frente a ellos, don Quijote se levanta, vencido y, sin embargo, incólume.

Su aventura lo ha transformado y ha removido profundamente la sólida entraña pragmática de Sancho. En sus lectores y en muchos personajes circunstanciales de la novela, permanece la nostalgia del deber ser en un mundo mejor. Alonso Quijano, con sencilla y honrada devoción, entrega el alma a Dios, pero no reconoce juez más allá de su conciencia. Uno de nuestros contemporáneos tiene dos nombres, Ernesto Guevara según el registro civil, Che para la historia.

Torpe cortesano, Miguel de Cervantes recibió pocos beneficios del mecenazgo y, apresado entre dos tiempos, también fueron escasos los que obtuvo del extraordinario éxito de mercado de su obra mayor. Los días del mecenazgo tardarían más de dos siglos en periclitar del todo.

En el tránsito entre el XVIII y el XIX, pintor de corte, Goya se valió de la socarronería campesina y de la ambigüedad del arte para desgarrar la pleitesía debida con la mordacidad de la sátira. Inmerso en el dolor de su pueblo, amigo de afrancesados y escépticos, el gran sordo tampoco reconoció jueces más allá de la conciencia propia. En sus ya remotos inicios, la aparición del mercado pareció liberar a escritores y artistas de antiguas servidumbres, sometidos a la voluntad del poder político —Virgilio frente a Augusto, según Hermann Broch — y a los designios de las prácticas propagandísticas de la Iglesia.

El destinatario dejaba de tener perfil reconocible. Integraba una masa informe que perseguía folletines y llenaría luego museos y galerías. Solo ante su conciencia, el artista contrae deberes en tanto ciudadano y respecto a la intangibilidad de su obra. En este último caso, de Flaubert a Joyce y Pasolini tendrá que afrontar los tribunales, a veces por razones morales y otras por motivos políticos. Así, en nuestros días, las dictaduras latinoamericanas dejaron una larga estela de mártires.

El problema de la eticidad, de la consecuencia necesaria entre vida y obra arraigaba, entre nosotros, en la tradición de las guerras de independencia. En Martí la eticidad sostiene y otorga sentido a la vida, tanto en el plano de las relaciones humanas como en el de la acción política, donde la inmediatez de la táctica no desmiente los fines de la estrategia, integrado todo ello a la inseparable creación literaria.

Liberados del mecenazgo, el arte y la literatura intentaban andar a contracorriente en el ejercicio de un sacerdocio. Eran los solitarios, los malditos, contrapuestos al mercenarismo de los gacetilleros. En la obediencia a una esencial exigencia de comunicación, el arte traspasaba la frontera de las apariencias y de los convencionalismos para entregarse a la aventura del descubrimiento. Los caminos se bifurcaban entre el compromiso social y la estricta —casi ascética— entrega a los valores absolutos de la creación.

El mercado y una industria cultural en germen parecían abrir espacios ilimitados. Acabaron por convertirse en prisiones. Las galerías limaron el poder corrosivo de las vanguardias, y las editoriales aherrojaron a los escritores, sometidos al rejuego de la publicidad, a la manipulación de los concursos y a la valoración de una crítica integrada a los intereses del negocio. Los intentos de ruptura se redujeron a sucesión de modas. Los autores empezaron a cotizarse al modo de papeles de una especulación bursátil.

En una crisis de superproducción, entre ferias y bienales, las jerarquías se diluyen, la saturación borra la memoria. Obnubilados por la filosofía del éxito, los artistas se instalan en la opulencia y se dejan arrastrar por la seducción del mundo mediático.

El muralismo mexicano y la narrativa de los 60 rompieron el aislamiento de la América Latina. En ambos casos, la asimilación de los códigos forjados por la cultura occidental se conjugaba con el estreno de una mirada diferente. Esa inserción de la contemporaneidad de nuestras expresiones artísticas no se tradujo, sin embargo, en el reconocimiento de una significativa tradición de pensamiento, capaz de desarrollar un diálogo productivo con otras fuentes. Las ideas tienen poca suerte en el gran mercado, sobre todo cuando quebrantan los esquemas establecidos. Más asimilables, las artes y las letras encuentran canales de comunicación con el destinatario anónimo, vacacionista complaciente, acomodado muy pronto a la reiteración de prácticas ayer abrillantadas por la novedad.

La expansión del mercado modificó las prioridades respecto a la función del arte. Los artistas asumieron un anticonformismo militante. El rey Ubu tenía algo de broma, a la vez que fulminaba el teatro digestivo. Los códigos expresivos se modificaban en rápida sucesión. La creación privilegiaba la aventura del conocimiento, afincada en las distintas circunstancias de la condición humana.

Periférica primero e inscrita luego en un proceso revolucionario, Cuba permaneció hasta los finales de la década del 80 del siglo pasado al margen de los rejuegos especulativos. Tan solo algunas zonas de la música popular padecieron la lamentable manipulación por parte de disqueras leoninas. Los cultores de música culta, los escritores y los artistas plásticos subsistieron entregados a una suerte de sacerdocio, hasta que el proyecto socialista favoreció la aparición de un destinatario real.

El tardío nacimiento de un mercado artístico en escala muy modesta respondió a factores extrartísticos. De inspiración conceptualista, la plástica había incorporado, en el viraje de los 80, una voluntad de crítica social que concitó el interés de especialistas, acentuado después del derrumbe de la Europa socialista. La sucesión de acontecimientos espectaculares que siguieron a la desaparición del muro de Berlín, desató una fiebre especulativa en torno a los problemas de la producción simbólica representativa de una etapa que se estaba clausurando. Medallas y condecoraciones se vendieron en ferias de baratijas, mientras obras del realismo socialista entraban a formar parte de colecciones públicas y privadas, como testimonios tangibles de una arqueología contemporánea. Superviviente de la catástrofe, Cuba despertaba la curiosidad universal.

La crisis económica, la gran apertura al turismo y la posterior despenalización de la tenencia de divisas introdujeron ingredientes de alto peso específico en una situación compleja, cargada de interrogantes nunca antes planteadas. Peregrinos de toda laya acudieron a la Isla, desde periodistas deseosos de obtener una cobertura de primera mano del desplome anunciado, hasta depredadores dispuestos a beneficiarse de la miseria de muchos con el contrabando de objetos valiosos.

Se multiplicaron las exposiciones internacionales, así como la adquisición de piezas por parte de museos y colecciones privadas. Los cubanos participaron en renombradas bienales. Los tiempos light suelen ser veleidosos. El boom de las artes plásticas fue pasajero, aunque dejó secuelas. Colocó en las subastas a las promociones de la vanguardia, hasta entonces marginadas de los rejuegos mercantiles. Ofreció a algunos artistas nuevas redes de relaciones.

La curiosidad de los espectadores, tamizada por el trasfondo político y por vestigios colonialistas, no mostró interés en la lucha por la supervivencia. Prefirió detenerse en la imagen del deterioro de las ciudades y en expresiones más o menos auténticas de la religiosidad afrocubana.

El intercambio de los escritores cubanos con sus pariguales adquirió, alentado por el auge de las ideas de izquierda, en los 60 del pasado siglo, una intensidad sin equivalente en etapas anteriores. Las publicaciones circularon más allá de la Isla, se tradujeron libros y antologías, y se produjo el descubrimiento internacional de la obra de Lezama.

En la crisis editorial de los 90, algunos empresarios de poca monta intentaron sacar provecho del silenciamiento forzoso de las imprentas y firmaron contratos abusivos con escritores necesitados de retribución y deseosos de situarse en un espacio público internacional. Unos pocos se vieron favorecidos por editoriales de renombre. Pero muy pronto la manipulación política estableció las reglas del juego, mediante concursos tarifados y una publicidad mediática bien pagada, para fabricar una carrera hacia el éxito sustentada en razones extraliterarias y en un empleo primario de fórmulas con sabor a disidencia.

Más que una exploración en profundidad de las contradicciones latentes en la sociedad, el mercado estimulaba con frecuencia la reiteración de estereotipos. Volver sobre lo gastado por el uso responde a bien aceitadas fórmulas de propaganda montadas sobre el referente implícito de los procesos de desgaste del socialismo europeo. Andar por ese campo trillado implica privilegiar un destinatario acomodado al apacible repaso de postales turísticas. Sustituye el necesario ejercicio crítico concebido, en primera instancia, para el protagonista de estos años difíciles, perturbadores, a veces confusos.

Hay en Bucarest un fascinante museo de la aldea. Evoca un tiempo en que el campesino producía sus alimentos y los enseres indispensables para el trabajo y la vida cotidiana: mesas, sillas y cubiertos de madera, platos de cerámica. Del telar doméstico salían las blusas cuyos hermosos bordados inspirarían un día a Matisse. Los artesanos ocupaban entonces el lugar de los artistas cuando la precariedad de la existencia no dejara margen para el intercambio.

El crecimiento de la sociedad generó mayor disponibilidad de bienes e impuso la especialización. La comunidad empezó a sostener a sus juglares. Las cortes se proveyeron de un séquito de artistas que luego fundarían talleres para cumplir encargos de los señores y de la Iglesia. Con la imprenta y la gran manufactura de Rubens germinaba lo que hoy llamamos mercado del arte. En vírgenes y en mujeres de desbordante sensualidad se reconocía la mano del autor. El asunto era mero pretexto para ir entretejiendo otra historia.

El mercado puede ser un medio de distribución de bienes culturales. En algún momento contribuyó a la democratización del libro y acrecentó el círculo de los coleccionistas de arte más allá del ámbito de la aristocracia. En los días que corren, la especulación financiera privilegia el valor de cambio frente al valor de uso. Algunos objetos se conservan, lejos de manos y ojos, en cajas de caudales. La manipulación política erige monumentos y silencia auténticas expresiones de la creación. Una cortina ruidosa entorpece la comunicación entre el autor y su destinatario, cada vez más vulnerable ante los efectos ilusorios de la fanfarria y al plácido acomodo mental.

La crisis de sobreabundancia amenaza el porvenir del arte entendido como aventura riesgosa del conocimiento. Ante esa avalancha, los gobiernos han intentado medidas proteccionistas para defender la industria nacional y para proteger las zonas experimentales, aunque el liberalismo económico deja poco resquicio para las inversiones en el terreno de la cultura.

Este contexto impone el replanteo de la eticidad del artista, aún más dramático cuando está situado en la periferia del main stream y en un país sujeto a presiones de todo orden. Cursaba yo el último año de la carrera cuando un profesor, a las muy tempranas siete de la mañana, nos preguntó acerca de la deontología, ciencia de los deberes. Nunca he reflexionado sobre el tema en términos abstractos, aunque pienso que toda consideración ética se sustenta en un compromiso profundo con la verdad y es marca distintiva del ser humano en plenitud de conciencia y lucidez.

Esa búsqueda de la verdad, recurrente, fragmentaria, provisional y, sin embargo, capaz de vislumbrar la totalidad en la percepción del instante constituye razón de ser e impulso de los procesos de creación artística. Es el arranque que condujo el esfuerzo de la mano a la práctica de moldear formas más allá de apremio utilitario. Era una acción gratuita dirigida a conjurar el misterio, a comunicarse con otros, a dejar huella en el planeta aun no desbrozado, a entender las cosas del mundo y de la naturaleza.

Porque un fragmento de verdad emergió de las circunstancias y las trascendió, seguimos atentos a las historias de Aquiles y de Odiseo, tanto como a la angustia de un niño en espera del beso de la madre. Aureolado por la filosofía del éxito, el mercado deslumbra. Arrastra al autor por ferias y universidades, lo somete al bombardeo de los periodistas, lo entrega a la crítica tarifada. Pero condicionado por sus propias necesidades, fabrica la desmemoria implacable del ayer. Para satisfacer al consumidor, el espectáculo requiere nuevos rostros, la apariencia de la diversidad en la reiteración de lo mismo.

"Yo sé quien soy", afirmaba Alonso Quijano a la hora de reconocerse Quijote y echar a andar con armas de utilería para desafiar molinos de viento y también a los servidores del Santo Oficio, para solidarizarse con mozárabes condenados al exilio después de haber arraigado por generaciones y fundado familias con el trabajo honrado. Perdedor en las armas, condenó el falso saber en las letras. Salió de la cueva de Montesinos con el estremecimiento de la duda y atravesó la amarga experiencia del bufón de corte en el entorno palaciego de los duques.

Escindido entre la cotidianidad del pobre hidalgo de aldea y la ancha perspectiva abierta a la imaginación, entre el pragmatismo de Sancho y la utopía del Quijote, la sabia locura del personaje cervantino coloca al escritor frente a un espejo crítico. Su patético anacronismo ilumina las contradicciones del presente y proyecta su voz a través de los siglos.

La locura es, entonces, máscara de lucidez, porque los gigantes se esconden tras la apariencia de los molinos, porque la razón profunda está en el poder de la palabra, invención del mundo, sustancia del sentido de la vida, fundamento de toda eticidad, escindida también entre el ser y el deber ser.

Tomado de La Jiribilla,

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